Depresión, alimentación, emociones y salud intestinal. Con Xavi Cañellas

Después de dejar bien claro que no es normal estar enfermo y padecer frecuentes dolores de cabeza, alergias, estreñimientos, resfriados, dolores varios, etc., profundizo y charlo un rato con Xavi Cañellas, especialista en Psiconeuroinmunología y co-fundador de Batega. Laboratori Emocional, acerca del vínculo entre nuestro estado emocional y nuestra salud intestinal, y sobre cómo afecta la alimentación especialmente en ese estado generalizado del que hoy día somos testigos –y víctimas– de cierta desgana, desmotivación o incluso depresión.

¡Bienvenidos al universo axial cerebro-intestino-microbiota!

Depresión, alimentación, emociones y salud intestinal. Con Xavi Cañellas

Los vándalos del Parkour. ¡No hay derecho!

Son jóvenes, muy jóvenes. Llevan pantalones anchos, muy anchos. Incluso peinados raros, muy raros. Pero sobre todo se mueven mucho, muy mucho.

Lamentablemente, gracias al cerramiento mental globalizado, la alienación social y la cultura del juicio, también se les considera vándalos, muy vándalos. Con lo fácil que es comprender, como aconseja mi buen maestro Félix, que cuando apuntas con un dedo a alguien, otros tres apuntan hacia ti.

Desde cierta distancia, por un lado hasta puede ser comprensible, principalmente por dos motivos.

El primero, porque todos nos inquietamos cuando vemos algo diferente, muy diferente. La diferencia azota nuestro ego, nos hace dudar de nuestra identidad. Ver chavales saltando de muro en muro, haciendo equilibrios en barandillas y gateando por el suelo en plena calle no es algo muy habitual. En mi opinión, tal vez ya iría siendo hora de aceptar el nuevo paradigma de la libre diversidad, y desaprender los dogmas existenciales de la fábrica, los de la revolución industrial, ya anticuada, los del hombre máquina que lo hace todo igual que el resto de hombres máquina, obediente, sin molestar.

Y segundo, porque desafortunadamente una parte de la comunidad parkouriana está haciendo una inadecuada difusión de esta disciplina, transmitiendo una visión demasiado alejada de los principios del Método Natural de Hébert, abusando de las ego-demostraciones, los movimientos de fantasía y, más que nada, el riesgo injustificado. Todo esto sobra, y provoca, con razón, ciertas acusaciones y rechazo.

Yo, a mis 34, ya no soy tan joven, ni llevo pantalones tan anchos, ni me peino tan raro, ni he llegado a tiempo para moverme tan y tan bien, por desgracia.

Pero de todas formas, con los “peligros” que supone, decidí liberar mi mente y acercarme a estos “incívicos, gamberros y vagos” que sólo piensan en pasárselo bien.

Qué suerte la mía. Anda que si se lo pasan bien. Y lo que me han enseñado, y lo bien que lo hacen. Ojalá me hubiera cruzado con alguno de ellos a mis 14. Puede que me hubiese ahorrado los más de 100 kilos que pesaba a mis 21.

El caso es que de vándalos, de perros, de inconscientes y de maleducados no tienen nada de nada.

Bueno, lo último un poquito sí, para su suerte. Al menos ellos no siguen la educación de una buena parte de sus contemporáneos sedentarios, la del apoltronamiento en el sofá videoconsola en mano, la de la clausura a la luz de un fluorescente, o la del botellón del viernes por la tarde.

En fin, decía que no hay derecho. Obviamente no iba por ellos, sino por el resto. No hay derecho a que, como mínimo, uno no trate de conocerles y escuchar lo que tienen que decir antes de juzgarles. Así que ruego:

  • Tengan claro que no quieren romper nada. Piénsenlo bien; si lo hacen, se quedan sin donde jugar, practicar, moverse.
  • Déjenles hacer. Claro, siempre que no se pasen y no molesten –como en todas partes, también hay algún descerebrado suelto, créanme, excepciones.
  • Anímenles. ¡Son jóvenes con iniciativa! ¿No queríamos eso? En vez de zombies semi-muertos sedentarios que no se mueven ni que les maten, ni física ni mentalmente, estos chavales hacen ejercicio, forman tribus humanas la mar de sanas y se preocupan muchísimo, de veras, por el bienestar social. Deberían oírles hablar y conocer su filosofía de vida.
  • ¡Y únanse! Sin miedos, sin vergüenzas y sin tonterías. Probablemente su forma de moverse es la más coherente con nuestra naturaleza evolutiva, adaptada al contexto actual. El parkour no es sólo para saltimbanquis; es para todo el mundo.

He aquí una muestra del grandísimo trabajo que están haciendo, humano, social y cívico. No se lo pierdan:

http://youtu.be/UVU5ORNXb-E

 

¡Es urgente! Más que nunca, ¡escucha tu cuerpo!

Con lo de urgente me quedo corto.

Creo que ya hemos tenido suficiente, ¿no? Ya está, ya podemos calmarnos, ya es hora de bajarnos del carro de la neurosis hiperreflexiva, del darle mil vueltas a las cosas, del padecer anticipadamente todos los miedos, del intentar predecir y controlar compulsivamente todas las posibilidades e imprevistos que depara nuestro futuro a base de pura imaginación, del sufrir sin tener ningún motivo real para sufrir.

Ahora ya sabemos que la razón, el pensamiento, la voz que no deja de martillear nuestro cráneo –con lo sensible que es, pobre–, ha evolucionado como un monstruo perfeccionista que, una vez solucionados los problemas más inmediatos, se dedica a inventarse otros nuevos, futuros, para que los resolvamos antes de que ocurran. Desde un punto de vista estrictamente material, no creo que ninguno de mis lectores tenga carencias en las necesidades básicas para la supervivencia, es decir, comida, cobijo y abrigo. Al menos espero que a nadie se le ocurra quitarse de comer para tener internet, aunque visto lo visto por ahí, tampoco me sorprendería. En fin, pregunto, honestamente, ¿tenéis algún problema real ahora mismo, mientras leéis estas líneas? Si no es así, ¿qué narices estáis intentando solucionar ahora mismo, aquí, leyéndome? Nuestros problemas no están aquí y ahora, sino en la incertidumbre del mañana.

Que hayamos caído en la trampa de “sobrepensar” no es culpa nuestra. La situación es la que es, tanto a nivel evolutivo –lo que heredamos, lo genético– como educativo, cultural –lo que aprendemos, lo epigenético.

El primer paso que dar es liberarse de toda culpa, ¡maldita sea!, y aceptar que las cosas son como son. Es lo que hay.

Pero llegado el punto en que uno se da cuenta del lío en el que está metido, o sea, es consciente, el ejercicio de la responsabilidad es ineludible, por el bien de uno mismo y por el bien de los demás –¡los dos!

Tanto culto a la razón y la inteligencia, que ocupan un espacio tan nimio en nuestro cerebro, nos ha llevado a menospreciar de tal forma la sabiduría ancestral, infinita, que reside en nuestras sensaciones, emociones e intuiciones, que nuestro sufrimiento se estanca justo ahí, en nuestro universo emocional y sentimental –sentimiento = emoción pensada.

Y no hablo de ese cerebro craneal, el “primer cerebro”, ni tampoco del intestinal, el “segundo cerebro”. Hablo del cuerpo en su totalidad, el gran cerebro, el cerebro real, el que a través de infinitas conexiones neuronales orquesta nuestras experiencias internas, el que alberga el conocimiento ilimitado de la historia completa de la vida, el que nos informa fielmente de lo que ocurre en la realidad inmediata, el que no engaña jamás, a no ser que pasemos sus mensajes por el filtro de la razón.

Parece ser que lo vamos entendiendo. Al menos Punset, Damásio y compañía están intentando divulgar lo que ahora van descubriendo los neurocientíficos, lo mismo que describió Lao Tse en su Tao Te Ching, lo mismo que experimentó Thoreau en su cabaña de Walden. No se trata ahora de subestimar a la razón que, si es, será por algo, tendrá algún sentido evolutivo, porque si no, la evolución no nos la hubiera regalado, la habría extinguido. Pero por otro lado, también es momento de comprender y aceptar que quien manda, quien gobierna el estado vital, es el inconsciente, con la intuición y las emociones al mando. En la otra esquina, la razón modula nuestras reacciones a un nuevo contexto y poco más, y la voluntad, consciente, hace lo que puede y, debido a sus evidentes limitaciones, se agota enseguida.

¡Basta ya de insistir en chorradas como “eres lo que piensas”“tienes que controlar tus emociones”, “la vida es una lucha constante” o “te falta fuerza de voluntad”! Eres lo que eres, aquí no hay nada que controlar ni contra lo que luchar, sino más bien con lo que fluir, y si te falta algo, es conciencia, aceptación y realización.

¿Es esto una propuesta de le bon sauvage, la vuelta a las cavernas, o incluso mucho antes, para que todos volvamos a vivir a base de emergencias instintivas y emocionales? Por supuesto que no.

Esta urgencia de la que hablo es una apuesta por un estilo de vida más coherente con nuestro momento evolutivo real, practicado a diario a base de escuchar nuestro cuerpo por completo y por este orden: sensación, emoción y razón. Las tres son las que son, las tres tienen sentido y funcionalidad, las tres merecen atención, respeto y, sobre todo, acción.

Y a partir de ahí, seguir fluyendo con nuestra realidad evolutiva, la del desarrollo de la conciencia, primero individual y después social, para, por primera vez en la historia de la vida, empezar a proyectar, crear y construir una nueva forma de adaptarnos e interactuar con la realidad, aceptando nuestra naturaleza reactiva y del miedo, la que activa continuamente nuestros instintos de lucha o huída, y enfocando la voluntad únicamente hacia la responsabilidad y el amor, nutriendo la dirección de nuestro día a día presente a base de conciencia y compasión.

Más que nunca, ¡escucha tu cuerpo!

El mejor objetivo es no tener objetivos, de Leo Babauta

Como algunas otras veces –la última fue 17 razones por las que no estás adelgazando, por Mark Sisson–, hay textos de otros autores que marcan un antes y un después cuando llegan a tus manos. Me gusta traducirlos y guardarlos. Hoy comparto The best goal is no goal, de Leo Babauta.

El mejor objetivo es no tener objetivos

 

“Con el pasado no tengo nada que hacer; tampoco con el futuro. Vivo ahora”

Ralph Waldo Emerson

 

La idea de tener objetivos concretos y alcanzables parece estar profundamente inculcada en nuestra cultura. Sé que he vivido con objetivos durante muchos años, y de hecho una parte importante de mis artículos en mi blog Zen Habits tratan sobre cómo marcar y conseguir objetivos.

Actualmente, de todos modos, para la gran mayoría de mis asuntos vivo sin objetivos. Es totalmente liberador y, contrariamente a lo que te han enseñado, no quiere decir en absoluto que vayas a dejar de conseguir cosas.

Significa que dejas de estar limitado por los objetivos.

Considera este tópico: “Nunca llegarás a ningún lugar a no ser que sepas adónde vas”. Esto parece ser de un gran sentido común pero, si te paras a pensar, no tiene nada de obvio o cierto. Prueba con un simple experimento: sal a la calle y camina en cualquier dirección, y siéntete libre de cambiar de dirección aleatoriamente. Después de veinte minutos, de una hora… ¡estarás en algún sitio! Lo que pasa, simplemente, es que no sabías que acabarías llegando allí.

Y ahí está el quid de la cuestión: tienes que abrir tu mente para llegar a lugares donde nunca hubieras esperado llegar. Si vives sin objetivos, explorarás nuevos territorios. Aprenderás algunas cosas inesperadas. Acabarás en lugares sorprendentes. Esa es la belleza de esta filosofía, aunque también representa una transición algo complicada.

Hoy, prácticamente vivo sin objetivos. Ahora, como entonces, me vienen objetivos a la cabeza, pero dejo que se marchen. En realidad, vivir sin objetivos nunca ha sido un objetivo para mí… Es solamente algo que estoy aprendiendo con lo que disfruto más, que es increíblemente liberador, que funciona con el estilo de vida que he desarrollado de seguir mi pasión.

El problema con los objetivos

Antes solía marcarme uno o tres objetivos por año, y después sub-objetivos cada mes. Entonces determinaba qué pasos debía seguir cada semana y cada día, e intentaba enfocar mis días en esos pasos.

Desafortunadamente, nunca funcionó a la perfección. Ya lo sabes. Sabes que necesitas trabajar cada acción de cada paso, y tratas de mantener en mente tu objetivo final para motivarte.  Pero esa acción es algo que no te apetece hacer para nada y acabas dejándola para más adelante. Haces otras cosas, o miras tu email o Facebook, o haces el gandul un rato.

Y así tus objetivos semanales y mensuales se atrasan o los dejas a un lado, y te lamentas por ello y por no tener suficiente disciplina. Y los objetivos se hacen más difíciles de alcanzar. ¿Y ahora qué? Bien, revisas tus objetivos y vuelves a determinarlos. Entonces creas una nueva lista de sub-objetivos y planes de acción. ¡Sabes hacia dónde vas porque tienes objetivos!

Por supuesto, en realidad nunca consigues llegar allí. A veces alcanzas el objetivo y te sientes como nunca. Pero la mayoría de veces no los consigues y te sientes culpable.

Aquí está el secreto: el problema no eres tú, ¡es el sistema! Los objetivos, como sistema, te empujan al fracaso.

Incluso cuando haces las cosas completamente bien, nunca es la manera ideal. ¿Por qué? Porque estás extremadamente limitado por tus acciones. Cuando no te apetece hacer algo tienes que obligarte a hacerlo. Tu camino ya está trazado, por lo que ya no tienes sitio para explorar nuevos territorios. Tienes que seguir el plan, incluso cuando te encantaría hacer cualquier otra cosa.

Algunos sistemas sobre objetivos son más flexibles, pero nada tan flexible como no tener objetivos.

Cómo funciona

Entonces, ¿cómo es una vida sin objetivos? A la práctica, es muy diferente a una con objetivos.

No fijas un objetivo por año, ni por mes, ni por semana o día. No te obsesionas con monitorizar tu vida o pasos o acciones. Ni tan sólo necesitas una lista de tareas pendientes, aunque tampoco hace ningún daño que apuntes algunos recordatorios si te gusta hacerlo.

Entonces, ¿qué haces? ¿Te tumbas en el sofá todo el día a dormir, ver la televisión y a comer chucherías? No. Lo que haces simplemente es hacer. Encuentras algo que te encanta hacer y lo haces. Sólo porque no tengas objetivos no significa que no vayas a hacer nada. Puedes crear, puedes producir, puedes seguir tu pasión.

Y a la práctica, esto es algo maravilloso: te levantas y haces lo que te apasiona. Para mí, esto generalmente es escribir mi blog, pero puede ser también escribir una novela o un libro o crear un curso para ayudar a los demás o contactar con gente increíble o pasar tiempo con mi mujer o jugar con mis hijos. No hay límites, porque soy libre.

En definitiva, suelo alcanzar más cosas que si tuviera objetivos porque siempre estoy haciendo algo que me encanta hacer. Pero más allá de si consigo o no los objetivos, hay algo más: lo que realmente importa es que siempre estoy haciendo cosas que amo hacer. Siempre.

Acabo en lugares que son maravillosos, sorprendentes, sensacionales. Sencillamente no sabía que llegaría allí cuando empecé.

Preguntas rápidas

Pregunta de un lector: ¿No es no tener objetivos un objetivo en sí mismo?

Respuesta rápida: Puede serlo, o puedes aprender a hacerlo durante el viaje, mientras exploras otros métodos. Siempre estoy aprendiendo cosas nuevas (como no tener objetivos) sin haber fijado el tener que aprenderlas antes de hacerlo.

Otra pregunta de un lector: Entonces, ¿de qué vives?

Respuesta: ¡Apasionadamente! Otra vez, no tener objetivos no quiere decir que dejes de hacer cosas. De hecho, yo hago muchas cosas, todo el tiempo, pero las hago porque me encanta hacerlas.

Consejos para vivir sin objetivos

No voy a darte un manual sobre cómo vivir sin objetivos –eso sería absurdo. No puedo enseñarte a hacerlo –tienes que encontrar tu propio camino. Pero puedo compartir algunas cosas que he aprendido, con la esperanza de que puedan ayudarte:

  • Empieza con cosas pequeñas. No necesitas hacer una puesta a punto de toda tu vida con tal de aprender a vivir sin objetivos. Simplemente sal durante unas horas de tus objetivos y acciones predeterminados. Dedícate a tu pasión durante esas horas. Incluso si es sólo durante una hora, funcionará.
  • Llévalo a más. Conforme te vayas encontrando mejor con ello, permítete ser libre durante periodos más largos –medio día, un día completo, unos cuantos días consecutivos. De vez en cuando te sentirás tan confiado que dejarás de lado algunos de tus objetivos para hacer lo que te gusta.
  • No sólo en el trabajo. Deja los objetivos en cualquier ámbito de tu vida. Por ejemplo, en el fitness yo solía tener mis objetivos específicos, desde perder peso o grasa corporal o correr una maratón o incrementar la carga de mis sentadillas. Nunca más: ahora simplemente lo hago porque me encanta, y no tengo ni idea de adónde me va a llevar. Funciona de forma brillante, porque siempre me lo estoy pasando bien.
  • Deja de planificar. Los planes no son muy diferentes a los objetivos. Te determinan un camino. Reconozco que es muy difícil vivir sin planes, especialmente si eres una persona tan meticulosa como yo. Así que permítete hacer planes cuando sientas que lo necesitas, pero poco a poco siéntete libre de dejar de repetir este hábito.
  • No te preocupes por los errores. Si empiezas fijando objetivos, todo está bien. No hay equivocaciones en el viaje –es sólo una experiencia de aprendizaje. Si vives sin objetivos y acabas fracasando, pregúntate si es realmente un fracaso. Sólo fracasas cuando no llegas a donde querías llegar –pero si no tenías un destino en mente, no hay fracaso.
  • Todo va bien. No importa qué camino encuentres, no importa dónde acabes, es precioso. No hay un camino malo ni un destino equivocado. Solamente es algo diferente, y la diferencia es maravillosa. No juzgues; experimenta.

Y finalmente

Siempre recuerda: el trayecto lo es todo. El destino sólo un punto.

“Un buen viajero no tiene planes fijos y no tiene intención de llegar”

Lao Tzu

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