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Generalmente, ya sea en libros, artículos, reportajes o incluso yo mismo en este blog, solemos encarar el ejercicio físico hacia un triple objetivo: salud, rendimiento o estética. Es normal que alcanzado este nivel de desarrollo, la sociedad tienda a clasificar y especificar, y el ejercicio físico no podía ser menos. Pero hoy dejaré de lado las clasificaciones. Cada día tengo más claro que, sea cual sea el motivo inicial o aparente por el que uno practica deporte y los resultados concretos que se obtengan en el tratamiento de la causa, en absolutamente todos los casos, siempre que se hagan bien las cosas, el ejercicio físico genera un sentimiento claro y conciso: felicidad.
Después de varios años en la profesión -ahora ya puedo decir que soy veterano
- he compartido con decenas de personas infinidad de horas practicando actividad física. Como decía, cada uno tenía su porqué particular, aunque el fin era el mismo para todos ellos: sentirse bien. Sentirse bien para jugar, andar, saltar, correr, reír, respirar, descansar,… sentirse bien para vivir. Y en eso mismo consiste ser feliz.
Desde un punto de vista emocional, el cuerpo humano como ente físico cumple básicamente dos funciones: transporte y transmisión. Cualquier merma de nuestro potencial físico se traducirá en una falta de movilidad o de transmisión, precisamente lo que nos permite convivir con los demás y compartir nuestras emociones.
Si me duele la espalda no puedo coger a mi hijo del suelo. Si mis hombros están débiles siempre necesitaré a alguien que me ayude con la compra. Si no soy capaz de trotar 50 metros siempre se me escapará el autobús. Si me duele la cabeza por mi tensión cervical me será imposible disfrutar de un buen concierto con mis amigos.
Como ejemplo dos casos recientes, uno de tristeza, otro de felicidad.
El primero, la cruz, la infelicidad. Una madre que me confiesa no jugar con su hija desde hacia varios meses por el simple hecho de un dolor crónico de espalda. ¿Triste verdad? ¿A qué se debe? La palabra clave para muchos: el sedentarismo. En este caso la mujer no tiene ninguna lesión estructural, ninguna discapacidad. El origen de su dolor es su constante inactividad física, la cual la incapacita para poder mantenerse agachada más de 5 segundos seguidos. Entonces, ¿me estás diciendo que por no hacer ejercicio no puedes jugar con tu hija? Incluso sin pensar en ti. ¡Piensa en ella! ¿Tu hija no puede disfrutar de ti porque no tienes la suficiente voluntad y disciplina como para cambiar tus hábitos físicos? Trabaja menos, vuelve siempre caminando, usa las escaleras, acude un par de días semanales al gimnasio,… muévete, fabrica felicidad. Por ti y por tu hija
El segundo, la cara, la felicidad. Una mujer afectada de lupus y diabetes desde hace más de 15 años. La enfermedad, entre otras cosas, provoca rigidez tendinosa y ligamentosa, con la consecuente atrofia muscular severa. Un enfermo de lupus en fase aguda prácticamente no se tiene en pie y apenas puede abrir las manos. De todos modos mi clienta empieza a entrenar conmigo en fase crónica, capaz de moverse, después de un buen susto que la mantiene ingresada durante bastante tiempo en el hospital -parece que siempre necesitemos algo así para reaccionar-.
Empezamos a trabajar su movilidad, resistencia, coordinación e incluso fuerza máxima. Mejora sustancialmente. Y ella lo ve, lo nota. ¿Pero acaso crees que le da importancia a los kilos que levanta, los movimientos que ejecuta, las repeticiones seguidas que es capaz de hacer? Es consciente, pero sinceramente, le importa un pepino
Lo realmente importante para ella, lo que provoca un brillo especial en sus ojos es su propio relato de cómo es capaz, después de muchísimo tiempo, de cargar con la nevera llena de refrescos para irse de fin de semana con sus nietos, de alcanzar sin ningún esfuerzo la lata de atún del armario, de subirse a una silla en un pispás para limpiar una ventana, de controlar sus subidas y bajadas de azúcar con un buen paseo en vez de con la insulina, etc.
Más allá de asumir las limitaciones causadas por su enfermedad o discapacidad, gracias al ejercicio físico vuelve a sentirse ágil, resistente, fuerte,… viva. Las discapacidades que puede tener son por motivo únicamente fisiológico, pero no por abandono, dejadez, falta de autoestima, etc. Ella está dando todo lo que puede, y sólo por eso, por saber que el resto de incapacidades no dependen de ella, por saber que ella hace todo lo posible para desarrollar y mantener sus capacidades al máximo, permitiéndole transportarse y transmitir físicamente, permitiéndole vivir plenamente,… por todo eso, ella es feliz.
Podría explicar anécdotas y más anécdotas, pruebas reales de lo fundamental que es la actividad física para una vida plena. Dolores de cabeza, de espalda, estreñimiento, lesiones, sobrepeso, rigidez muscular,… tratadas con movimiento, con actividad física, siempre es lo mismo. La misma moraleja para todas ellas: practica ejercicio físico y tus garantías de felicidad se multiplicarán.
Así que, como siempre, envío un mensaje alto y claro en pro de la actividad física para todo el mundo. Y aprovecho, en especial, para seguir animando a todos los enfermos y discapacitados físicos que siguen ejercitándose cada día con tal de que sus únicas limitaciones sean las propias de la enfermedad, ni una más
Haz deporte. Escucha tu cuerpo.






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2 Comentarios
Y esta tarde…. sesión de prueba en un gim de mi nuevo barrio: una horita de fitness y otra de danza del vientre
sólo me voy a quedar en danza del vientre definitivamente (si me gusta, que ojalá síiiii), pero me voy a dar un homenaje de lo otro, ‘por los viejos tiempos’!
Un beso, Rober
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