El Sol es bueno, el malo eres tú

Con la primavera llega el buen tiempo. Por lo menos aquí, en Barcelona, desde hace unos días el Sol empieza a apretar y lógicamente aparecen las primeras y muy necesarias campañas preventivas referentes a las quemaduras y enfermedades como el cáncer de piel.

La prevención gira en torno a dos consejos clave:

  1. Usar protección solar.
  2. Exponerse al sol fuera de las horas de mayor radiación, es decir, evitar tomar el sol durante el mediodía.

Que el Sol es bueno y necesario durante todo el año ya lo sabe todo el mundo, así que no insistiré. En cuanto a las cremas, no soy experto, así que no entro. Pero ¿por qué seguimos tomando el sol a las 14 del mediodía -de la tarde para algunos-?

Esta mala costumbre es uno de los ejemplos más claros que podemos poner como carencia de escucha activa del cuerpo. Cuando tomamos el sol a esas horas, estamos pasando olímpicamente de las sensaciones que percibimos, no escuchamos lo que nos está pidiendo el cuerpo, que es refrescarse o buscar cobijo en la sombra. No es el Sol el que nos está haciendo daño; somos nosotros mismos.

Está claro que existen distintos tipos de piel, personas que toleran mejor o peor la radiación solar, incluso los que sin tolerarla utilizan las enseñanzas de Bruce Lee aplicando el “no hay dolor”, algo así como autoengañarse.

Sí que hay dolor. Sí que hay calor. Sí que hay color -rojo-. Sí que hay picor, escozor, tirantez, deshidratación… Todos sabemos lo que se siente cuando llevamos demasiado tiempo al Sol y el cuerpo empieza a enviarnos señales de que ya ha sido suficiente por hoy, e incluso alarmas de que las cosas no van bien. Aún así, seguimos sin escuchar.

Para prevenir no hace falta pensar demasiado, ni tan sólo leer o ver la tele,… Yo diría más, muchas veces para prevenir no hace falta ni prevenir. Sólo hace falta sentir, escuchar. ¿Cómo se hace eso de prevenir sin prevenir, sin razonar, sin pensar?

Observo a mi perra Blanca. Toma el sol siempre que hace sol, durante todo el año. A pesar de ser muy inteligente, no creo que use demasiado su poco desarrollado neocórtex -comparado con el del hombre- y sea capaz de entender lo que significa prevenir. Pero de todas formas, previene mejor que nadie.

En invierno se tumba al sol alrededor de las 11:00 de la mañana. Pasa un buen rato. La tocas y está calentita -no ardiendo- y tiene la boca cerrada -no necesita refrescarse-. Hay días que, a pesar de estar en pleno enero, hace un día más bien de agosto. Es curioso como ese día en concreto automáticamente cambia el hábito y se comporta como explicaré seguidamente, como si estuvieramos en verano.

En verano toma el sol un par de veces al día. Supongo que algo le dice que es la mejor época para tomar el sol y recargarse de vitaminas, ya que en invierno, por el mal tiempo, no podrá hacerlo todos los días. Pero ¿cuándo toma el sol?

Su primer baño de sol es a las 8:30 de la mañana, aproximadamente. Más o menos está tumbada en el balcón orientado al noreste durante unos 30 minutos, a veces 45. Entonces vuelve a entrar en casa. ¿Cuándo? Un signo determina el momento exacto: saca la lengua y empieza a jadear. Justo en ese momento ella sabe que ya ha tenido suficiente. Se levanta, camina hacia la galería y bebe un buen trago de agua. Después busca el lugar más fresco del piso. Y otra vez a perrear, que es lo suyo ;-)

Este ritual se repite también cada tarde, sobre las 17:00. Exactamente igual, no hay diferencia, excepto que esta vez toma el sol en la galería, ya con el sol en el suroeste. El mismo tiempo, los mismo signos.

Es fantástico ver como un animal -lo mismo que el hombre-, no necesita campañas preventivas, anuncios redundantes y “reportajes paja” en los telediarios, de esos que ponen cuando no tienen contenido. El animal no necesita ni pensar -básicamente porque no sabe hacerlo-. Sólo escucha su cuerpo, está atento a sus sensaciones, y simplemente responde ante ello. ¡Magnífico!

Así que una vez más insisto en la necesidad de reconectar con nuestras sensaciones, ser más conscientes de la información que nos manda el cuerpo constantemente y por último, buscar la coherencia entre esa información y nuestras acciones.

El Sol es bueno, todo el año. El malo, el que se equivoca, eres tú. Hay dos maneras básicas de aprender: de tus errores y observando a los demás. En este caso ambos factores nos dirigen hacia una misma solución: escucha tu cuerpo.

 

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