La rehabilitación, una pequeña parte de la solución

Algo duele. Intentas descansar unos días, aunque realmente no lo haces. Te pones hielo o la esterilla, cuando te acuerdas. Tomas homeopatía, la que has encontrado en Wikipedia. Incluso te automedicas; el ibuprofeno lo cura todo.

Sigue doliendo. Después de ir a tu bola decides ir al médico. Le explicas lo que te pasa. Él a veces te escucha, otras no. Sea como sea, vuelves a medicarte -esta vez con receta- y con un poco de suerte te manda 10 sesiones de rehabilitación.

Tienes dos opciones:

  1. No confiar. Eres todo un experto y estás convencido de que la rehabilitación no te hará nada. No la harás, ¿para qué?. Y yo insisto, ¿para qué fuiste al médico?
  2. Confías; buena elección :-) Haces todo lo que te ha dicho, cumpliendo con tu medicación y con las sesiones de rehabilitación. Me pongo en el mejor de los casos, en el que todo ha salido bien y te curas. Buenas noticias, pero…

Pasa el tiempo y vuelve a doler :-(

Este es el punto más peligroso después de padecer una lesión o un dolor común como puede ser una lumbalgia. El círculo vicioso de dolor-médico-rehabilitación-dolor está a punto de iniciarse, hasta el momento en que te conviertes en mal paciente -el del punto 1. No confiar- o en un buscador de soluciones externas -tarde o temprano se agotarán-, saliendo del círculo pero manteniendo tu estatus de víctima crónica. Lo más fácil: echarle la culpa al médico, al rehabilitador, al medicamento, al mundo,… menos a ti mismo.

Empecemos por recalcar que en mayor o menor medida, dependiendo del paciente, el caso, la frecuencia y la calidad, la rehabilitación cumple su objetivo, que no es más que restaurar la funcionalidad de la zona tratada. Es decir, que aquello que no funcionaba bien vuelva a funcionar en base a unos mínimos, que suelen ser:

  1. No duele.
  2. Hace lo básico que tiene que hacer. Por ejemplo, referente a las piernas lo básico sería poder caminar; referente a los brazos lo esencial sería poder comer y peinarse.

Insisto, tarde o temprano, después de una rehabilitación adecuada, esto se cumple.

Sin embargo, la rehabilitación no es más que parte de la solución. La lesión o anomalía que no permitía el correcto funcionamiento de una espalda, una articulación o un músculo no era más que una respuesta, en la mayoría de casos, a un mal hábito -físico o emocional- o una mala preparación física de cara al esfuerzo que debe soportar el cuerpo diariamente.

Y aquí es donde tú entras en juego. Cuando algo duele, síntoma de que algo no se está haciendo bien, no basta con el médico, el antiinflamatorio, el reposo y la rehabilitación. Generalmente eso es suficiente para recuperar la funcionalidad y disfrutar del no-dolor durante un tiempo, pero no estás solucionando nada más.

Si sigues con el mismo estilo de vida, los mismo gestos, el mismo movimiento -o mejor dicho, falta de movimiento-, la misma alimentación, la misma mala gestión emocional y posterior somatización, etc. nada cambiará, la lesión o el dolor volverán a aparecer e incluso a agravarse, y tu bienestar y salud pagarán el precio.

Una lesión o una crisis de dolor es una oportunidad. Con o sin tratamiento, lo que está claro es que te obliga a parar. Esto tiene una explicación. Entre otras cosas, la lesión te está ofreciendo tiempo. Tiempo para que te replantees tu estilo de vida, tus hábitos, qué te ha llevado al dolor, y finalmente, si realmente no quieres volver a pasar por lo mismo, hacer cambios.

Nuevamente, además de cumplir con la rehabilitación, tú tienes la elección. ¿Vas a seguir sin confiar? ¿Vas a confiar pero después no hacer nada más? ¿No es mejor parar, observar, escuchar tu cuerpo y definitivamente reaccionar? :-)

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