¿Entrenas por estética?

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Es inevitable. Todos lo tenemos en mente. Más allá de los canones de belleza del momento, establecidos por las marcas y las agencias de publicidad, entre otras cosas, uno quiere sentirse bien estéticamente, necesita la aprobación de los demás, busca ser físicamente atractivo -en principio, dentro de las posibilidades de cada uno-.

Es inevitable porque es natural. Las fluctuaciones asimétricas, hoy famosas gracias a las constantes referencias de Eduard Punset, podrían ser la clave. Es la naturaleza la primera en determinar ciertos estándares de belleza. Según los científicos, cuanto más simétrica es una persona, cuantas menos fluctuaciones asimétricas tiene, más bella es. Aún dicen más: cuanto más simétrica es una persona, mejor sistema inmunológico tiene. A raíz de tal descubrimiento, se crea un vínculo entre belleza e inmunidad. Si un individuo quiere asegurar la conservación de su especie, lógicamente buscará un cónyuge que la garantice, y en este sentido gozar de unas buenas defensas será primordial de cara a la supervivencia. Así se concluye que, partiendo de que la enfermedad provoca dolor y que unas buenas defensas disminuyen el riesgo de enfermedad, la belleza podría definirse como la asuencia de dolor, expresada en dicha simetría.

Por supuesto, y afortunadamente para la mayoría de nosotros, hoy día hay muchos más factores que pueden hacer más o menos atractiva a una persona y que influyen en la elección de una pareja o de las personas que queremos tener alrededor. Sin embargo, pocos pueden negar que algo extrañamente intuitivo ocurrió la primera vez que vieron a la persona de la cual se enamoraron -amor a primera vista-, como tampoco que cualquiera de nosotros puede reconocer al instante a alguien “realmente guapo” cuando nos cruzamos con él por la calle.

Tenemos el instinto de reconocer la belleza, a la vez que queremos ser bellos. El aspecto físico nos importa.

A partir de aquí se puede abrir el gran debate. ¿Cuánto nos importa la estética? ¿Qué estamos dispuestos a hacer por sentirnos físicamente atractivos o deseados? ¿Qué papel juegan en todo esto las influencias externas y la publicidad? ¿Seguro que queremos ser bellos únicamente “por naturaleza”? ¿O más bien caemos en la búsqueda de una perfección imposible debido a una notable falta de autoestima o a la creencia de necesitar la aprobación de todo el mundo en todo lo que hacemos y somos, aspecto físico incluido? ¿Nos aceptamos tal y como somos?

Sin ninguna duda la publicidad está haciendo muchísimo daño en la aceptación de nosotros mismos y en nuestra autoestima. Todos los días nos bombardean con caras y cuerpos simétricos y bellos, retocados o no. Las marcas lo saben, y juegan con el agravio comparativo para provocar la permamente insatisfacción con nuestro aspecto, dando pie al deseo interno de ser alguien que jamás seremos: el/la modelo de belleza en cuestión.

Por otro lado, nuestra educación está basada en la búsqueda del máximo rendimiento y de la perfección. Pero, ¿la perfección existe? Probablemente no. O tal vez sí pero no nos han enseñado a verla. Quizás uno ya es perfecto así, tal y como es.

Además, sin dejar de lado la educación, nuestra base emocional, también nos han enseñado a intentar tener contento siempre a todo el mundo y a valorar nuestra estima no por cuan auténticos somos con nosotros mismos sino por cuanto aprueban los demás cómo somos y qué hacemos. En este sentido, es vital desaprender esta creencia. Pensando así, sintiendo así, jamás conseguiremos querernos y nuestra autoestima nunca alcanzará la plenitud. Siempre encontraremos algo que falle, cuando en realidad nada falla. Todo está bien. Uno está bien así, como es.

Con todo, si nuestra motivación principal por practicar actividad física es de origen estético, tal vez antes deberíamos hacernos todas esas preguntas y responder con sinceridad. Antes de entrenar por estética, la respuesta a la pregunta ¿me acepto tal y como soy? debería ser positiva. Si no lo es, no sólo bastará con entrenar nuestro cuerpo, ya que por muchos resultados que encontremos desde un punto de vista estético, jamás nos encontraremos al 100% satisfechos con nosotros mismos, cayendo víctimas de una peligrosa frustración que la mayoría de veces agravará nuestro déficit de autoestima, y seguidamente, de bienestar y felicidad, el propósito primario del nuevo modelo de entrenamiento que promuevo, empujándonos incluso a un estado de ansiedad o depresión.

En realidad es más sencillo. Dejemos de ver lo que refleja nuestro cuerpo como un problema.

Recuperemos la simetría, el equilibrio.

Primero, insisto, uno es como es y así debe aceptarse. Hay aspectos que no podremos cambiar, así que más nos vale aceptarlos tal como son.

Y segundo, todo lo demás que sí podemos cambiar no es la causa de nuestros males, sino simplemente un síntoma. Si existe algo “no bello” con posibilidades de cambiar en nosotros mismos -un exceso de peso, una mala postura, una cara amargada,…- es porque algo más allá de esa representación de dolor no va todo lo bien que podría ir. La “no belleza” no es más que un síntoma de insanidad. Si vives sano, confía en la naturaleza y ésta reflejará en tu aspecto físico la ausencia de enfermedad y dolor.

Y recuerda que vivir sano no depende sólo de tu salud física. Porque probablemente serás más atractivo para los demás -no para todos- si pierdes algunos kilos y muestras un cuerpo fuerte y ágil, pero también si tu postura responde a una mentalidad optimista y segura, mientras también cambias ese rostro serio o amargado por una gran sonrisa.

¿Entrenar por estética? Sí, se puede comprender. Pero siempre desde la aceptación de uno mismo. A partir de ahí, olvídate de resultados y deja que la belleza sea una simple consecuencia natural de una vida sana, sin dolor, sin enfermedad.

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“Olvídate de objetivos y resultados, y disfruta de las consecuencias” Robert Sánchez

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