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En más de una ocasión hemos hablado sobre el tipo de actividad física que llevó a cabo diariamente el hombre durante más de dos millones de años, esfuerzo físico para el cual hemos evolucionado. Sin embargo, del mismo modo que ocurrió a nivel nutricional, hemos pretendido cambiar aquel comportamiento físico en muy poco tiempo, apenas 10.000 años, a raíz de:
- Primero: la revolución agrícola del Neolítico, dando paso a una actividad física de larga duración, baja intensidad y exageradamente repetitiva, muy pobre en variedad de gestos.
- Y segundo: las revoluciones industrial y digital, momentos a partir del que el esfuerzo físico del hombre fue relegado a un segundo plano y finalmente a ninguno, dando paso al omnipresente y destructivo sedentarismo en la actualidad.
Hace unos días, hablando de la “vida cardiovascular” del hombre de las cavernas, veíamos que su día a día era un contínuo entre descanso, actividad frecuente de baja intensidad -caminar, recolectar, jugar, explorar,…- y momentos de estrés físico máximo, tales como la caza, la huída del ataque de un depredador, trepar, escalar o luchar.
Dejando a un lado el controvertido debate sobre lo adecuado del ejercicio aeróbico, ¿dónde hemos dejado esos momentos de estrés puntual máximo?
Ya no existen.










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