Somos lo que come lo que comemos

Somos lo que comemos es una de las citas más utilizadas en el campo de la nutrición. Tal afirmación da a entender que, como no podía ser de otra manera, el cuerpo extrae la energía y materia que necesita para sobrevivir diariamente de lo que comemos. A partir de esa pre-condición, dicen los expertos que lo más adecuado es una dieta equilibrada. No es de lo que quiero hablar hoy, pero yo sigo preguntándome ¿qué es una dieta equilibrada? ¿Quién lo dice? ¿Con qué interés?

Particularmente sigo pensando que una dieta equilibrada es aquella en la que predominan los alimentos que podríamos encontrar y asimilar de la naturaleza, dictaminando la dieta y el equilibrio dietético la propia naturaleza, y con el interés de… ¿Interés? Precisamente el único interés de la naturaleza es preservar ese equilibrio. No el nuestro, no. El de toda la naturaleza. Sin embargo seguimos una “dieta equilibrada” rica en cereales que en realidad ni podemos comer ni están en la naturaleza todo el año -ni mucho menos-, una “dieta equilibrada” dictaminada por los gobiernos -sí, los portavoces de las multinacionales-, y todo ello con el interés de mantenernos vivos muchos años, pero también muchos años enfermos -cuanto más vives, más tiempo tienes para tomar pastillas todos los días-.

Pero hoy no quiero alargarme mucho en el somos lo que comemos, sino que quiero dar un paso más y recordar que nuestra nutrición forma parte de una cadena alimenticia, del ciclo de la vida, y que tan importante es lo que comemos como lo que come lo que comemos, haciendo especial hincapié en la carne.

Si pensamos en nuestra dieta, sea cual sea, a grandes rasgos podríamos decir que todo lo que ingerimos proviene o bien del reino vegetal o bien del reino animal.

¿Qué comen los vegetales que comemos?

Dentro de un amplísimo abanico de posibilidades, encontramos dos extremos:

  • Por un lado podemos encontrar vegetales de temporada que no han necesitado ni un sólo gramo de química ni transgenia para nacer, crecer y desarrollarse. El suelo donde se han cultivado es un suelo limpio, regenerado naturalmente por el propio ecosistema, incluso con alguna temporada de “descanso” y, por qué no tenerlo en cuenta también, cultivado desde la dedicación y el amor diario del campesino -no debemos olvidar que las emociones también se transmiten a las plantas-.
  • Por otro lado podemos comer vegetales de otras temporadas, sin tener para nada en cuenta el ciclo solar y los ciclos lunares. Dichos vegetales se han mantenido refrigerados durantes meses, recogidos antes de tiempo y madurados con gas etileno, modificados genéticamente para soportar algunas plagas y mostrar mejor aspecto -incluso para cambiarles el color-, cultivados en un suelo con tierra tratada químicamente y nutrientes artificiales, y cargados hasta los topes de pesticidas, sulfatos, etc.

¿Qué comen los animales que comemos?

Al igual que en el caso de los vegetales, también hay muchas posibilidades intermedias a las dos siguientes:

  • A mi izquierda -por decir algo-, animales que han vivido en libertad, que han podido moverse, que han vivido de día y han dormido de noche, que han comido lo que han ido encontrando en el campo -también de temporada y natural-, que no han sido tratados hormonalmente ni farmacológicamente, que han gozado de una vida sana y que se han sacrificado de una manera digna -aunque para muchos esto del “sacrificio digno” pueda parecer contradictorio, en la naturaleza pasa todos los días. Es parte de la cadena-.
  • A mi derecha, animales que han vivido en cautiverio -por ejemplo, en el caso de los pollos, hasta más de 25 por metro cuadrado-, que no han podido moverse, que han sido torturados a vivir despiertos de día y de noche, que han sido engordados hasta la obesidad y tratados hormonalmente, alimentados con soja y maíz transgénicos, que han vivido una vida malsana e infeliz y que han sido sacrificados sin ningún tipo de remordimiento y en unas condiciones nefastas.

¿Qué comemos nosotros?

Sí, ya lo sé. A primera vista comemos tomates, pollos, lechugas, salchichas, huevos y manzanas. Pero no se queda ahí la cosa. Cuando comemos, comemos lo que comemos, a la vez que nos comemos todo lo que ellos han comido, o mejor dicho, todo lo que esos vegetales y animales han vivido -enfermedad e infelicidad incluídas-.

No es hablar por hablar. Hasta aquí todo ha quedado muy bonito, muy romántico. Pero detrás de estas afirmaciones hay ciencia que está demostrando desde hace tiempo los efectos nocivos que provocan, por ejemplo, los pesticidas de los vegetales en nuestro tracto digestivo y nuestra flora intestinal, así como los antibióticos con los que han sido tratados aquellos pollos, los cuales también acaban circulando por nuestro torrente sanguíneo.

Además, decía más arriba que quería hacer una mención especial respecto a las carnes. Mucho se ha hablado de los riesgos que conlleva una dieta rica en carne, y consecuentemente se ha aconsejado que se reduzca considerablemente su consumo, hasta tal punto que muchos han optado por el veganismo. Incluso se han publicado libros como El estudio de China donde se relaciona directamente el consumo de carne con enfermedades cardiovasculares, diabetes o cáncer. Otra de las cosas que sigo preguntándome es cómo narices sobreviven y viven decenas de años todas las especies carnívoras del planeta…

El problema de la carne no es en sí la carne. El hombre es omnívoro y puede y debe comer carne, y si tenemos enzimas digestivas que metabolizan ciertas proteínas, será porque podemos comerlas -no como el gluten o la caseína, por ejemplo-. La enfermedad originada en nuestra carne proviene de la alimentación y el estilo de vida con los que han sido “fabricados” nuestros animales, nuestro alimento. Y esto, por supuesto, se transmite.

Curiosamente, la carne más tóxica y contaminada, con más mala fama y menos recomendada es la carne roja. Curiosamente también es esa carne, esos animales, tales como la ternera o el potro, los que son alimentados, como nosotros, a base de piensos de cereal, los cuales también en ellos promueven la aparición de nuestro gran enemigo -algún día lo explicaré-, la inflamación, y con ella toda esa lista de enfermedades cardiovasculares, diabetes, cáncer, etc., cuando estos animales están diseñados biológicamente para alimentarse básicamente de pasto. Y otra vez, curiosamente, los animales alimentados con pasto y no con cereales padecen muchas menos enfermedades, por lo que tampoco necesitan todos esos tratamientos farmacológicos diarios que se suministran en las… ¿granjas?… mejor dicho, fábricas de carne.

Lo más curioso de todo parece ser que tanto a nosotros como a los animales se nos alimenta con productos que nos hacen enfermar, y de ese modo la industria farmacéutica tiene clientela de por vida, por no hablar de la relación entre ese tipo de consumo -cereal- y el sector energético y petrolífero.

Ecológico, orgánico, biológico,…

Si no es la primera vez que visitas este blog ya sabrás que recomiendo una dieta basada en vegetales, frutas, carnes, pescados, huevos y frutos secos, y sin cereales, legumbres y lácteos. De todos modos, más allá del tipo de alimentación por el que cada uno opte, creo que es momento de tomarse más en serio de dónde vienen los alimentos que consumimos, cómo se producen, cuándo se cultivan -¿se respetan los ciclos biológicos?-, etc.

Otro día hablaré de precios y prioridades, porque sé que este tipo de alimentos suelen ser más caros que los del supermercado. Sin embargo, en una vida llena de matices, te puedo garantizar que no es que la comida ecológica u orgánica sea cara, sino que la indutrial es muy muy muy barata.

La elección y la responsabilidad, como siempre, son sólo tuyas. Y en la alimentación también puedes escoger entre viajar en la bodega del avión, o bien en una butaca de primera clase ;-)

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