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Si hay algo de lo que prácticamente nadie se escapa es de esa manía que tenemos de medirlo todo. Parece que todos los ámbitos de nuestra vida vienen acompañados siempre de un número. Cuánto ganas, cuántos caballos tiene tu coche, cuántos metros tiene tu piso, cuántos amigos tienes en Facebook,… Los números nos ayudan a marcar unas referencias y un valor, aunque desgraciadamente en muchas ocasiones también nos inviten a compararnos y propiciar cierta insatisfacción.
La salud y el bienestar no son una excepción. Cuánto mides, cuánto pesas, cuántos años tienes, cuánto mide tu cintura, cuánta materia grasa contiene tu cuerpo, de cuántas calorías consta tu dieta, cuánto colesterol tienes en sangre, a qué temperatura estás, cuál es tu presión arterial, cuál es tu frecuencia cardiaca en reposo, cuánto corres, cuánto nadas, cuánto peso levantas en el gimnasio, cuántos días entrenas, cuántas comidas haces al día, etc.
Desde aquí hoy quiero advertir que, como en otros aspectos de la vida, tal vez los números no sean la mejor manera de medir nuestra salud y bienestar, ya que la mayoría de veces no son nada representativos, además de ser en otras tantas ocasiones muy manipulables. Por supuesto que los números son útiles y en según qué casos hasta pueden salvarte la vida, así que tampoco invito a repudiarlos. Pero sí a no aferrarse a ellos y tenerlos como la referencia principal de nuestra salud y bienestar.
Un ejemplo claro es el IMC, el índice de masa corporal, una relación entre el peso y la altura de un individuo (kg/m2), según el cual puedes considerar que te encuentras: leer más









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