Los efectos de la revolución industrial en la salud y el bienestar

Después de repasar el primer error, el origen de todo el desequilibrio, veamos qué ocurrió con el segundo, el cual tuvo lugar hace unos 250 años. Fue la revolución industrial.

Lo cierto es que, directamente, la revolución industrial no supuso un gran cambio en los hábitos de cualquier agricultor. Éste, poco a poco, se vió obligado a marcharse del campo para trabajar en la fábrica. Es decir, aparte del cambio de ubicación de su lugar de trabajo, poco más.

El homo cerealis daba paso al homo fabriquis, pero físicamente no se diferenciaban demasiado. Su dieta basada en cereales y más lácteos -pequeño cambio- seguía propiciando la enfemedad, la desmineralización del esqueleto, la debilidad física y la muerte prematura. Sus hábitos físicos continuaban siendo patrones repetitivos, de baja intensidad y de larga duración, sin tiempo para el descanso, los cuales machacaban el cuerpo del fabriquis. Además, seguía sin necesitar recorrer grandes distancias hasta el lugar de trabajo y su postura se mantenía redudantemente inclinada hacia adelante, como la del agricultor, pero aún más estática. Y por si no fuera poco, las jornadas de trabajo de hasta 16 horas de lunes a domingo debajan poco tiempo para las relaciones sociales, el ocio y el descanso.

Si la agricultura era un desastre, la fábrica se convirtió en la exageración del desastre.

Por eso decía que, directamente, la revolución industrial tampoco supuso un gran cambio en el estilo de vida del hombre, sino simplemente un paso más hacia la enfermedad, pero en el mismo sentido.

Sin embargo, durante el nacimiento de la industria tuvieron origen otras dos de las causas fundamentales de la enfermedad de nuestros días: la industrialización de los alimentos y la introducción masiva de la medicina y la farmacia.

No voy a entrar en detalle en lo que se refiere a la industria del alimento. Ya pudimos ver cómo afecta el procesamiento de los alimentos en su valor nutricional hace unas semanas. Parece de sentido común -coherencia natural- que cuanto más procesado e industrializado sea un alimento peor será su calidad nutritiva y biológica y, por tanto, su efecto en nuestra salud.

Por otro lado, ya existen voces importantes dentro de la comunidad científica advirtiendo que nuestro sistema de medicina paliativa es ineficiente y caduco, y la población por fin tiene verdadera información de lo que significa medicarse, los efectos que esto conlleva y los intereses económicos que se esconden detrás de la industria farmacéutica, la cual no está nada interesada en que los ciudadanos vivan sanos -eso sería su ruina-. Les interesa promover la enfermedad; no lo olvidemos.

El resultado de la revolución industrial: el hombre pre-moderno

Y así pasaron 200 años más, aproximadamente hasta mediados del siglo XX.

En poco menos de dos siglos, el agricultor físicamente débil, enfermo y trabajador se convierte en un hombre más débil, más enfermo y más trabajador. Y para dar una vuelta de tuerca más, empieza a comer alimentos procesados -aunque todavía no demasiado- y comienza a medicarse con frecuencia -especialmente a base de vacunas-.

Tranquilo, todavía no hemos llegado a la punta del iceberg. Acabas de conocer al hombre pre-moderno. En breve viajaremos al 1950, cuando tuvo lugar el nacimiento del verdadero hombre moderno, el hombre de la actualidad.

Fue entonces cuando se inició el último gran error que todavía hoy está en fase de desarrollo: la revolución digital.

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