Comer sin hambre, el círculo vicioso que te hace engordar y enfermar

Es algo que todos sabemos. Comer sin hambre es una de nuestras conductas más habituales, algo que sacude a nuestra cultura, el reflejo de un mal que padecemos muchos, aunque esté socialmente aceptado: la comida emocional e impulsiva. Para comprender este tema mejor, te recomiendo leer Cómo dejar de comer impulsivamente (en la era de la insatisfacción emocional, el deseo de placer inmediato, el estrés crónico y la comida abundante).

Cuando uno se plantea el asunto de comer sin hambre, antes de nada debe hacerse algunas preguntas.

Vayamos al grano. ¿Cuándo comes? Sí, sí, ¿cuándo decides comer? ¿Cuando lo dice el reloj porque toca? ¿Cuando empieza el telediario? ¿Cuando te dan descanso en el trabajo? ¿Cuando lo has programado según el consejo de las 5 comidas diarias de la dieta Mediterránea? ¿Para no saltarte la recomendación de tu nutricionista… ¡No te saltes comidas!? ¿Cuando predices un buen rato sin poder comer y pretendes prevenir una hipoglucemia –bajada de azúcar? ¿Cuándo comes?

Siguiente nivel. ¿Siempre que comes tienes hambre? Si no es así, ¿por qué comes? Otra pregunta, ¿para qué sirve el hambre? El cuerpo se retroalimenta con diferentes sensaciones para regular el organismo y mantener la homeostasis, el equilibrio. Ya vimos que el dolor es uno de ellos, y que solemos pagar caras las consecuencias de simplemente silenciarlo en vez de escucharlo o tratarlo. Entonces, el dolor tiene un sentido, avisarnos de que algo va mal. ¿Qué sentido debe tener el hambre? ¿Para qué debe estar ahí? ¿Cuál es su función?

El último escalón. ¿Por qué silencias el hambre? ¿Tienes miedo a sentir hambre? ¿No quieres quedarte sin energía? ¿Sabes que podrías vivir tranquilamente hasta tres semanas sin comer nada y sin que tu cuerpo sufriera ningún tipo de daño estructural? ¡Eso es! Ya lo tengo. Lo que quieres es “acelerar tu metabolismo” comiendo con frecuencia para así quemar grasas mientras haces la digestión. ¿No es un poco retorcido? Sí, lo sé. Tienes miedo a pasar hambre, a quedarte sin. Es tu educación, tu cultura, tu publicidad…

Comer sin hambre es la principal causa de hiperfagia, es decir, comer de más. Uno de los mayores errores que ha cometido el hombre en las culturas más desarrolladas es la planificación de las comidas, sobrevalorando los horarios laborales y comerciales por encima de la propia salud, silenciando el regulador energético más importante del organismo, el apetito, y promoviendo la ingesta frecuente de comida, especialmente desde la creación del concepto dieta Mediterránea por parte del obstinado Dr. Ancel Keys, basándose en la creencia de que el cuerpo necesita repostar combustible con frecuencia con tal de mantener un nivel de energía óptimo durante toda la jornada y un ritmo metabólico alto –lo contrario de lo que intentan el resto de seres vivos del planeta.

Es curioso que, a la vez, la hiperfagia sea considerada la principal causa de sobrepeso y obesidad. Entonces, si no recuerdo mal, según las leyes de la lógica, comer sin hambre == hiperfagia == sobrepeso. O sea, comer sin  hambre implica sobrepeso, siendo éste uno de los primeros factores de riesgo a padecer otras enfermedades como diabetes, hipertensión, cardiopatías, artrosis, depresión o cáncer.

La función del hambre

Según el diccionario de la R.A.E. el hambre es la sensación de necesidad de alimento, o gana y necesidad de comer. ¿Sencillo, no?

El hambre es el encargado de activar el apetito, a partir del cual todas las formas de vida superiores detectan la necesidad de ingresar energía en su organismo con tal de mantener las funciones metabólicas. Cualquier ser vivo superior, por ejemplo un mamífero, tiene la capacidad de tener hambre y únicamente come cuando siente que necesita comer.

Empecemos a diferenciar

Repito, cuando siente que necesita comer.

Los problemas empiezan cuando la sensación y el instinto se ven corrompidos por la razón o la emoción:

  • Comer “con la cabeza”: por horarios, por creencias nutricionales derivadas de la malinterpretación científica y otros productos del raciocinio humano, o por la voluntad de controlar y manipular artificialmente los procesos metabólicos del organismo –como engordar, adelgazar o prevenir pájaras–, un buen ejemplo de pretender conseguir resultados en vez de simplemente disfrutar de las consecuencias.
  • Comer “con el corazón”: para combatir disgustos, ansiedad o sentimientos de vacío emocional –como inseguridad o baja autoestima–, con tal de recompensarse con el primer placer del que gozamos nada más nacer, que fue comer, el cual nos aporta sensación de seguridad y plenitud. Es curioso observar que estos episodios de desdicha emocional disparan la secreción de cortisol, la hormona del estrés, la cual activa exageradamente el consumo de energía y nos empuja a necesitar reponerla con urgencia –dulces y almidones, es decir, hidratos de carbono.

Las consecuencias de la hiperfagia

Entrando en detalle, sea cual sea el motivo por el que uno come de más –racional, emocional o ambos–, la hiperfagia desencadena un círculo vicioso metabólico en el que se ven envueltas algunas de las hormonas más importantes del organismo:

  • Propiciando a corto plazo el hiperinsulinismo, el exceso de secreción de insulina, lo que facilitará la acumulación de grasa en el organismo, aumentará la sensación de fatiga a pesar de haber comido y la probabilidad de sufrir hipoglucemias, y a largo plazo un efecto rebote en forma de resistencia a la insulina y una consecuente diabetes.
  • Promoviendo la resistencia a la leptina, la cual informa al organismo de los niveles de grasa -energía- en el cuerpo, siendo la principal reguladora del apetito. Si el hipotálamo no recibe la señal de la leptina, el organismo interpreta que no tenemos suficiente energía y nos invita a seguir comiendo. Más hiperfagia.
  • Favoreciendo a la no-secreción de ghrelina, la cual aparte de ser otro regulador del apetito, participa en la estimulación de la hormona del crecimiento. Tal suceso ayuda a la aparición de diversos desequilibrios metabólicos, como por ejemplo la desmineralización ósea -osteopenia-, lo cual acelera el envejecimiento celular y del organismo.
  • Inhibe en parte la secreción de serotonina, la hormona de la felicidad, lo que nos predispone a la tristeza, el desánimo y, finalmente, la depresión.

¿Hablaba de círculo vicioso? Ya lo has visto: comes de más, tu cuerpo responde exageradamente, bloquea las señales debido a su saturación, todavía tienes más hambre –especialmente de almidones–, se deteriora, enferma, incluso puedes llegar a entristecerte y deprimirte, y vuelves a comer, de más, claro, porque lo necesitas emocionalmente o porque toca.

¿Cuál es la solución a la hiperfagia?

Ojalá existiera la solución, pero este círculo vicioso es un claro ejemplo de la globalidad y complejidad del metabolismo de nuestro organismo. No será la solución, sino más bien las soluciones.

En breve veremos cómo influyen realmente las emociones en todo este lío, porqué comer 5 veces al día o más es absurdo, cómo el ayuno intermitente puede ayudarte a reequilibrar tu organismo y reeducarlo para volver a comer sólo cuando tienes hambre REAL, y finalmente cómo es la dieta de nuestros ancestros, la alimentación natural, la que cumple todas las condiciones especialmente energéticas para no saturarte de energía rápida, hidratos de carbono y azúcares, los cuales facilitan que vuelvas a caer en el famoso círculo vicioso de la hiperfagia.

Suscríbete gratis y fluye – emailrss