El instinto natural invita a conservar calorías, no a quemarlas

Desde mi punto de vista roza lo preocupante. Quemar calorías se ha convertido en el primer gran objetivo de prácticamente todo aquel que practica deporte con regularidad -o no-. Cuántas veces no habremos dicho u oído aquello de “voy al gimnasio a quemar unas cuantas calorías”, “esta chocolatina me la puedo comer, total después saldré a correr para quemarla”, “en la sesión de spinning de esta tarde he quemado 500 calorías” o “el ejercicio cardiovascular es la mejor actividad que podemos hacer para quemar grasas”. ¿Por qué estamos obsesionados con quemar calorías? Y si no queremos acumularlas, por ejemplo en forma de grasa, ¿no sería más inteligente ingerir sólo las que necesitamos y evitar horas de sufrimiento en una bicicleta estática?

La primera vez que escuché hablar sobre economía energética desde un punto de vista fisiológico fue en una de mis primeras clases de anatomía del aparato locomotor. Según Leopold Busquet, famoso por sus pubicaciones acerca de las cadenas musculares, los procesos anatómicos adaptativos del cuerpo humano responden a tres leyes: equilibrio, economía y confort -no dolor-. Dejando a un lado la primera y la última, al refererirse a economía Busquet nos explica que el cuerpo humano siempre se adapta energéticamente hablando de la manera más eficiente posible, es decir, intentando consumir el mínimo de calorías.

Durante los años siguientes, al adentrarme en la biología, aprendí que no es sólo el hombre desde un punto de vista anatómico el que intenta ahorrar energía, sino que son todos los seres vivos del planeta, absolutamente todos, los que cada día luchan por conservar el máximo de energía posible, ya que de ello depende su supervivencia. Y por si no fuera poco, si uno hace un ejercicio de perspectiva universal observa que en realidad es todo el Universo el que responde a esta ley energética con tal de mantener el equilibrio. Como en otras tantas ocasiones, cada vez que he dicho todos debería haber dicho todos menos el hombre

Para dejar aún más clara la idea quiero compartir también un recuerdo que me caló hondo en este sentido. Todavía veía la televisión cuando seguí una temporada del reality Supervivientes en la que participaba Juanito Olarzabal, el primer alpinista español en ascender los 14 ochomiles del planeta. Todo el mundo criticaba a Juanito porque se pasaba el día tirado en una hamaca y sólo se movía cuando necesitaba comer o cuando le obligaban a hacer alguna prueba. El resto del tiempo, mientras los demás deambulaban por la isla, se bañaban o jugaban, él simplemente descansaba. Harto de las críticas un día estalló y dejó claro su objetivo: “Mientras vosotros malgastáis energía yo simplemente la conservo, porque no sé cuándo voy a volver a comer, además de realmente necesitarla para volver a conseguir comida y superar las pruebas que me mantendrán en el concurso”. Estaba claro que Juanito era un experto en sobrevivir después de todos los episodios de vida o muerte que debe haber pasado en la montaña.

Más allá de analizar los motivos de nuestro afán exagerado por el excedente energético, el cual como la mayoría de nuestros males tiene origen en la revolución agrícola, hoy quiero insistir en el hecho de que el hombre por naturaleza, instintivamente, está programado para ahorrar energía, al igual que el resto de seres vivos, y que el círculo vicioso en el que estamos atrapados de comer de más y quemar calorías para después comer de más y volver a quemar más calorías es uno de los absurdos e incoherencias naturales más importantes que cometemos todos los días.

Este instinto de ahorro energético explica claramente el porqué de la ley del mínimo esfuerzo, la cual cumplen a rajatabla todos los seres vivos excepto el hombre -en este caso-, y es por eso que la mayoría de personas, todas aquellas que no han encontrado una motivación o justificación racional más que emocional del esfuerzo que implica por ejemplo correr todos los días una hora seguida a 12 km/hora, perciben como un esfuerzo casi sobrenatural el practicar ejercicio cada día sin motivo “real” alguno. Esa realidad necesaria desde un punto de vista natural es la supervivencia, y parece ser que aquí en Occidente todos la tenemos más o menos garantizada. Otra cosa muy distinta ocurre cuando el hambre aprieta o el peligro acecha, momento en el que nadie se plantea el esfuerzo físico que va a suponer hacerse con comida o huir. O lo haces o mueres.

Como todo, nuestros avances tienen sus pros y sus contras. Gracias al excedente energético la supervivencia está garantizada -de momento, hasta que se acaben los recursos naturales-. Sin embargo, parece ser que este derroche energético tanto de entrada -al comer de más- como de salida -al realizar más actividad física de la necesaria, para quemar las calorías sobrantes y mantener el equilibrio corporal- provoca parte de las enfermedades y disfunciones que padecemos hoy día.

Por un lado la hiperfagia, el comer de más, es la principal causa del sobrepeso y la obesidad y sus consecuentes enfermedades, como son la diabetes, las cardiopatías o el cáncer, en realidad respuestas al desequilibrio hormonal producido por los excesos de nuestra dieta y el estrés.

Por otro lado el exceso de actividad física, especialmente el ejercicio cardiovascular de intensidad moderada-alta -el que supera el 70% de la frecuencia cardiaca máxima-, acelera el envejecimiento celular y deteriora el organismo, además de promover todavía más el desequilibrio de los sistemas endocrino e inmunitario.

Al ser actos antinaturales, es normal que el cuerpo reaccione a base de síntomas primero y enfermedades más tarde para advertirnos de nuestra incoherencia. Comer de más o correr a un ritmo alto de manera prolongada son actividades que van en contra de nuestra naturaleza.

¿Cómo encontrar el equilibrio energético?

Ése es el verdadero reto, ya que si nos ceñimos a la ley instintiva del mínimo esfuerzo podríamos sobrevivir a base de bocadillos de chorizo, televisión, sofá y pastillas. Sin embargo, hemos descubierto que esa actitud, aún con la supervivencia garantizada, nos lleva a la enfermedad, el malestar y la infelicidad. Así que nos encontramos ante la paradoja de no necesitar extrínsecamente ningún tipo de esfuerzo físico -la supervivencia está garantizada-, pero sí necesitarlo intrínsecamente -la salud y el bienestar no lo están-.

Encontrar el equilibrio no es tarea fácil, pero en mi opinión un buen comienzo sería confiar en nuestra naturaleza y escuchar, recuperar y reeducar nuestros instintos, como son el hambre -el cual nos avisa de cuándo comer-, el dolor -que nos indica si las cosas van bien- y la fatiga -quien determina el momento de parar y descansar-. Si recuperaramos estos instintos nos daríamos cuenta de que el organismo lo único que quiere es conservar su energía, y que comer sin hambre o practicar cardio crónico -como lo llama Mark Sisson- promueve seguir comiendo sin hambre, seguir necesitando el cardio y seguir enfermando.

La solución a este conflicto:

  • El ayuno intermitente, es decir, comer sólo cuando hay hambre fisiológica.
  • El ejercicio cardiovascular de intensidad moderada-baja, algo así como simplemente caminar.

Próximamente más ;-)

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