La conjunción de dos eras

(Ni tú ni yo. No hablo ni de ti ni de mí. O sí. No te tomes esto como algo personal.)

Ése es el verdadero reto, determinar qué es lo mejor y lo peor de cada era, de la prehistoria y la historia, lo que nos es útil y lo que no, lo que nos ayuda a vivir gozando de una cierta salud y bienestar y lo que facilita la enfermedad y el malestar. Quedarnos con todo lo bueno de nuestra evolución y desechar todo lo malo. Y después… conjuntarlo. Un desafío.

Tal y como reflexiono en este blog comprendo que a veces pueda parecer que reniego de nuestra evolución más reciente, de los avances tecnológicos, de la preponderancia intelectual y racional de nuestro comportamiento. Alrededor del mundo del ejercicio físico y la nutrición, confieso que no es que sean de mi agrado la planificación y limitación analítica de nuestras prácticas deportivas o de lo que promueven nuestros gimnasios, ni tampoco la consideración que gozan los cereales, las legumbres y los lácteos como alimentos esenciales.

A la vez, apuesto por recuperar una serie de modelos y patrones que pertenecen más al entonces, a la prehistoria, que al hoy. Consumir más carne de animales alimentados con pasto y que viven en libertad, comer fruta y vegetales de temporada, dormir y despertar sincronizados con la luz del Sol, tomarse la vida con mucha más calma, estimular las relaciones sociales, caminar unos cuantos kilómetros diarios, realizar ejercicio muscular intenso y global, y jugar, jugar mucho.

Mi discurso no es “anti-edad moderna y contemporánea”, aunque insisto en ser consciente de que lo puede parecer.

Lo único que defiendo es recuperar una vida más coherente con nuestra naturaleza desde el aprendizaje de toda nuestra experiencia como seres humanos, la historia completa de la humanidad. No puede ser que sólo tengamos en cuenta 10.000 años de historia cuando llevamos habitando la Tierra más de dos millones de años, y mientras tanto todavía forzar más la máquina a seguir evolucionando a una velocidad vertiginosa hacia un ser tan diferente al que éramos hace tan poco tiempo -sí, 10.000 años es muy poco tiempo cuando hablamos de evolución-.

Teniendo en cuenta que calificar como bueno o malo un hecho de la historia roza lo absurdo -la historia es la que es y es perfecta así; en caso contrario hoy no estaríamos aquí-, podemos ver como ventajas o inconvenientes algunos aspectos de nuestra día a día en relación a cómo vivíamos durante el Paleolítico. Dicho esto, comparemos ambas eras:

Lo “bueno” de la prehistoria

El hombre era una pieza que aportaba equilibrio al macrosistema que forma la naturaleza.

Su posición en la cadena trófica era muy concreta. Se alimentaba gracias a la caza y recolección de ciertas especies, y a la vez servía de alimento a otras. Su huella ecológica era prácticamente nula, o como mínimo sostenible, de manera que el planeta no tenía que hacer grandes esfuerzos para mantener la homeostasis, el equilibrio. Una dieta basada en carne, pescado, huevos, fruta, vegetales, semillas y frutos secos garantizaba su supervivencia y el aporte de nutrientes esenciales para cada época del año, garantizando la mejor de las expresiones genéticas de las que ha gozado el ser humano, y consecuentemente unos niveles de salud excelentes.

Vivir y sobrevivir significaba moverse. Si no te movías, morías. De hambre, de sed, de soledad, de aburrimiento, de hipotermia o víctima de algún depredador. Insisto. Si no te movías, morías.

La vida era mayormente relajada, y los picos de estrés eran puntuales y breves. La mayor parte de la jornada estaba dedicada al ocio, las relaciones sociales, el descanso y la contemplación. Hacerse con comida y alguna que otra tarea como recoger madera para hacer fuego o fabricar herramientas, es decir, lo que hoy consideramos trabajar, sólo implicaba unas 15 horas a la semana.

Las mejores referencias de la salud del individuo eran sus propias sensaciones. El hombre escuchaba su cuerpo. El hambre, el dolor, el calor, la energía, la fatiga,… Dependiendo de lo que sentía, el hombre actuaba en consecuencia.

El hombre no se preocupaba ni por lo que pasó ni por lo que pasará. Vivía inmerso absolutamente en el presente.

Lo “malo” de la prehistoria

El clima podía determinar la supervivencia del cavernícola. Dependiendo de la estación del año y de los cambios climáticos bruscos podía encontrar más o menos comida, o incluso morir por accidente en alguno de esos episodios que hoy consideramos “catástrofes” climáticas.

Los depredadores siempre estaban al acecho. En cualquier momento podía aparecer un carnívoro hambriento. Gracias a su habilidad con las armas rudimentarias y al vivir en grupo corría menos riesgos que los animales fitófagos de tu mismo tamaño, pero ante el ataque de un depredador poco podía hacer más que intentar huir. El peligro a ser cazado era constante.

Las disputas entre bandas por un mismo territorio también eran frecuentes. Más complicaciones para la supervivencia.

Además, tampoco tenía manera de conocer y catalogar todas las especies de vegetales que le rodeaban y era difícil controlar el estado del alimento que se llevaba a la boca. Podía ser una planta tóxica o un animal enfermo y llegar a ocasionarle la muerte. Sólo las historias y experiencia de los ancianos podían refrescar de vez en cuando su memoria y hacerle acumular conocimiento, pero era bien sencillo que muriera por la infección de cualquier bacteria o virus.

La esperanza de vida era relativamente baja -aunque mayor que durante el Neolítico- y la muerte de alguien cercano, acompañada del inevitable duelo, era habitual.

La vida era incierta y el hombre nunca sabía si iba a haber mañana.

Lo “bueno” de la historia

Es de perogrullo que una de las disciplinas humanas que más impacto ha tenido en nuestra historia, sobre todo durante el último siglo, ha sido la medicina. Gracias a ella, y especialmente a la cirugía, aquí en Occidente hemos podido hacer frente a enfermedades que antes sólo tenían un final común, la muerte, a la vez que han garantizado cierta calidad de vida para todos aquellos que han nacido con alguna patología ya desarrollada o que han sufrido lesiones, accidentes, etc.

La farmacología también ha participado en este proceso. Los medicamentos salvan vidas todos los días y también sirven para remediar enfermedades que antes no podíamos curar. Esto es una buena noticia.

La supervivencia parece estar garantizada, aunque sea a base de alimentos procesados y artificiales, y el hombre se puede permitir el lujo de centrarse más en otros objetivos como pueden ser la felicidad o el desarrollo personal.

La tecnología también facilita nuestra vida, siempre que se use con criterio. Podemos volar de Barcelona a Sidney en poco más de medio día, un camión recoge todos los días nuestra basura, si nos perdemos tenemos GPS y móvil para advertir de nuestra posición, la nevera conserva nuestros alimentos durante días y ahora mismo podría entablar una conversación contigo, estés donde estés, con sólo clickar unas cuantas teclas de plástico.

El día a día de cualquiera de nosotros no tiene porqué implicar ningún peligro físico. La vida es bastante segura y la esperanza de vida ha alcanzado cifras récord.

Aunque seguimos sin poder asegurarlo, la probabilidad de disfrutar del día de mañana es mucho mayor que durante la Edad de Piedra.

Lo “malo” de la historia

La mentalidad productivista nos ha convertido en máquinas de trabajar, y el poco tiempo que nos sobra fuera del trabajo lo dedicamos a ir y volver de casa a la oficina y de la oficina a casa, preocupados por si mañana tendremos trabajo, para así poder consumir más y trabajar para pagar lo que consumimos. Vivir se reduce a trabajar y consumir.

El hombre se ha perdido en el deseo material. Ya nada le da placer si no es acumular bienes o comida. Desde un punto de vista espiritual, su vida roza el vacío existencial y la única manera de llenar ese espacio es mediante adicciones que le evaden de su oscura realidad, ya sea mediante las mal vistas drogas duras como a través de otras más blandas y mejor consideradas -medicamentos, alcohol, comida, tabaco, televisión, apuestas,…-.

El estrés es crónico, y la mayoría de veces pura imaginación. Todo pasa deprisa, nos exigimos más de lo que podemos abarcar, nos preocupa más lo que pensarán los demás de nosotros mismos que lo que nosotros mismos pensamos, nos sentimos culpables al menor contratiempo. Por si no fuera poco, mientras ocurre todo esto nuestra mente está en otra parte. ¿Qué pasó ayer? ¿Qué pasará mañana? ¿Lo habré hecho bien? ¿Podré pagar la hipoteca? ¿Mis hijos estarán bien? ¿Qué estará haciendo mi marido? Demasiada actividad, toda a la vez.

Comemos lo que no estamos preparados para comer. El 60% de nuestra alimentación lo conforman los cereales, las legumbres y los lácteos, mientras nuestro metabolismo no los tolera y nuestro organismo se desgasta al intentar asimilarlos, provocando daño especialmente en nuestros sistemas endocrino, nervioso e inmunitario. Además, la mayoría de los alimentos que consumimos son más artificiales que naturales. Pesticidas, sulfatos, hormonas, antibióticos, modificaciones genéticas, etc.

Vivimos sentados, siempre sentados. O estirados. Y no tenemos la necesidad de levantarnos. El sedentarismo nos ha invadido. Conocemos de sobra las consecuencias.

Ya no respetamos los ritmos biológicos. Ni dormimos cuando se esconde el Sol, ni comemos comida de temporada, ni nos regimos por la Luna para sembrar nuestras cosechas.

La química nos rodea. Los derivados tóxicos del petróleo están por todas partes. En este teclado, en las botellas, en las bolsas donde transportamos nuestra comida, en el agua, en la ropa, en el gel con el que nos lavamos,…

Utilizamos la medicina y especialmente los medicamentos sin ningún tipo de criterio. Además, parece ser que gran parte de este sector está más al servicio de los mercados que de los pacientes ciudadanos. En ocasiones el remedio es peor que la enfermedad.

¿Y cómo conjuntamos ambas eras?

Si analizáramos este blog al detalle, tal vez las dos palabras más repetidas serían coherencia natural.

No es necesario volver a vivir como los cavernícolas. No hace falta volver a ponerse el taparrabos, agarrar una lanza y destruir cualquier tipo de fuente de energía artificial para irnos a dormir poco después de la puesta del Sol.

Tampoco hace falta volver a cazar cada cual su comida. Tenemos la ganadería biológica y la permacultura. Aprovechemos nuestra tecnología en logística para abastecer a todo el mundo de comida, aunque si puede ser utilizando combustibles limpios.

Pensamos mucho más que aquel cavernícola. Utilicemos el pensamiento de manera creativa y positiva, alentándonos a seguir evolucionando y desarrollarnos como individuos y como sociedad. Dejemos de lado los pensamientos negativos y el estatismo mental.

Volvamos a sentir y expresar nuestras emociones, y a percibir nuestras sensaciones. Sabemos que el instinto y la intuición son herramientas muy poderosas que siempre trabajan a nuestro favor.

Ruralicemos las ciudades. Que todos volvamos al campo es inviable. ¿Por qué no transformar las ciudades en grandes pueblos? ¿Por qué no convertir todos los tejados en huertos urbanos? Usemos sólo el transporte motorizado para el reparto de mercancías y para trasladar a personas con limitaciones de movilidad. Relocalicemos nuestros negocios, familias, centros de estudio. Reestructuremos las comunidades de barrio, como si fueran grandes tribus.

Recuperemos la dieta de nuestros ancestros, la alimentación natural. Reservemos los almidones de los hidratos de carbono para momentos de necesidad energética real y aprovechemos el gran aporte estructural y energético de las grasas y proteínas animales. Démosle a nuestro cuerpo una buena base alcalina de los multivitamínicos vegetales y frutas que podemos encontrar en la naturaleza.

¿Y el movimiento natural? La actividad física sin patrones, ni normas, ni planificaciones, ni guías, ni grupos musculares. ¿Dónde quedó el ejercicio cardiovascular pausado con breves picos interválicos de alta intensidad?

Podemos aprender

No es más que eso, un aprendizaje. Ser conscientes de toda nuestra experiencia como especie en el planeta, ver donde hemos acertado y donde nos hemos equivocado, y así retomar el rumbo hacia una vida natural y saludable.

 

 

 

Esto es sólo mi opinión, que cambia constantemente. No me creas. Crea la tuya.

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