El desastre comunicativo hormonal: la resistencia a la insulina

No me iré con rodeos. La resistencia a la insulina es el origen de la mayoría de nuestros males, los que cada día padece un mayor número de personas y a una edad más temprana, los que conforman el Síndrome X. Sí, en su momento dije que el hiperinsulinismo es el enemigo público número 1, y pronto veremos porqué. Pero, obviamente, el desencadenante de un exceso de secreción de insulina es la incapacidad por parte de nuestro organismo de percibirla.

De todos modos, como pasa con cualquier hormona, nunca debemos olvidar que la secreción de insulina es muy necesaria, ya que se encargará básicamente de regular los niveles de glucosa en nuestro torrente sanguíneo. Tan peligroso es secretar mucha que poca; el cuerpo requiere la justa. Si quieres saber por qué, pregúntale a un diabético tipo I.

Qué hace la insulina

La insulina, secretada por el páncreas, es el administrador de los nutrientes que entran en nuestro organismo. Podríamos compararla con un conserje con un montón de llaves, las cuales abren las puertas de nuestras células para facilitar el paso de dichos nutrientes, ya sean azúcares, proteínas o grasas.

De todos modos, para lo que nos concierne ahora mismo -el Síndrome X y el hiperinsulinismo-, lo que más nos importa es su papel regulador de la glucosa. En caso de que el nivel de glucosa de nuestra sangre sea excesivo -algo peligroso-, la insulina facilitará su paso a través de las membranas de nuestras células, y así se almacenará como reserva energética en nuestros músculos, hígado y tejido adiposo. Entonces es sencillo comprender que el papel de la insulina en nuestro organismo es doblemente vital: por un lado nos defiende de un exceso de glucosa en sangre y por otro aporta energía a nuestras células.

El proceso de almacenaje energético es el siguiente:

  1. Comemos.
  2. Los niveles de glucosa en sangre se ven incrementados.
  3. Lo más probable es que necesitáramos glucosa en sangre -por eso tenemos hambre, entre otros motivos- y la comida nos aporte la requerida. Hasta aquí no pasa nada.
  4. Si hay un exceso de glucosa en sangre, el páncreas secreta insulina y empezamos a almacenar la energía sobrante en nuestros músculos e hígado. Aquí es importante tener en cuenta que estos depósitos tienen un límite, y que no hacen falta, de media, mucho más que unos 400 g. de glucosa para llenarlos del todo, hígado y tejido muscular.
  5. Si todavía hay exceso de glucosa, las células grasas de nuestro cuerpo almacenarán el superávit energético.

Empiezan los problemas

Lo ideal sería que, como mínimo, nuestra dieta aportara la glucosa suficiente como para mantener unos niveles de glucosa en sangre adecuados, ya que, por ejemplo, los glóbulos rojos y algunas funciones cerebrales dependen directamente de ésta. No podemos vivir sin glucosa en sangre.

Además, no está de más mantener cierto nivel de glucógeno hepático y muscular -energía almacenada en nuestro hígado y músculos-. Nuestro desgaste energético diario, tanto mental como físico -si es que los dividimos-, requerirán más glucosa de la que pueda correr por nuestras arterias después de comer, y nuestro hígado y músculos necesitan contar con energía almacenada.

De todos modos, en caso de déficit, como veremos pronto, nuestro cuerpo puede recurrir a otros mecanismos de fabricación de combustible, como son la gluconeogénesis -a partir de las proteínas almacenadas en nuestro cuerpo, especialmente en nuestra masa muscular, algo que no nos interesa para nada tanto por la pérdida de masa muscular que conlleva como por lo costosa que es a nivel metabólico- o la lipólisis y posterior cetosis -algo que sí nos interesa, sin llegar a confundirla ni convertirla en cetoacedosis, algo peligroso-.

Finalmente, algo que en nuestras condiciones no es muy necesario – ya que tenemos la nevera llena, supermercados a la vuelta de la esquina, etc.-, si la glucosa que ingerimos es mayor de la que puede absorver primero nuestro torrente sanguíneo y después nuestros músculos e hígado, todo el sobrante energético se almacena en nuestras células grasas y, lógicamente, aumentan de tamaño -y nosotros de peso-. Engordamos.

Es importante recalcar que los niveles de glucógeno muscular y hepático guardan una relación directa con el esfuerzo físico que realizamos. Una de las consecuencias del sedentarismo es que al ingerir glucosa es muy probable que nuestro hígado y músculos ya estén cargados de energía, por lo que el cuerpo se vea obligado a convertir esa glucosa directamente en grasa y depositarla en nuestros… michelines.

¡Atención, atención! Ya no siento la insulina

A nuestro cavernícola esto sólo podía pasarle después de un verdadero festín de fruta -por culpa de la fructosa-, algo que no era muy frecuente. Aunque nosotros estemos acostumbrados a comer frutas grandes, dulces y cargadas de energía, en un entorno natural la fruta ni es tan abundante ni tan grande ni tan energética.

Sin embargo, la dieta de la Jaula rica en hidratos de carbono y con comidas frecuentes, favorece la contínua y excesiva secreción de insulina. Es cierto que cuanto más procesados, refinados y manipulados estén los hidratos de carbono -harina blanca, pan, pasta,…- mayor es la respuesta insulínica por parte de nuestro organismo. Pero por otro lado también lo es que, al fin y al cabo, cualquier tipo de hidrato de carbono, por muy lenta que sea su asimilación, acaba convirtiéndose en glucosa, la cual requerirá de la acción de la insulina si es que ingerimos excesiva -algo no muy complicado-.

Al comer demasiados hidratos de carbono y de forma tan frecuente, nuestro páncreas se ve forzado a secretar mucha insulina a diario y nuestras células a percibirlas.

¿Recuerdas lo que ocurre cuando permaneces mucho tiempo expuesto a un olor? Llega un momento en que ya no lo percibes, ¿verdad? Ya hablamos en su momento de lo que desencadenaba una resistencia hormonal.

Pues lo que acaba ocurriendo cuando obligamos a nuestras células a percibir constantemente la presencia de la insulina y actuar en consecuencia es que llega el día en que no son capaces de percibirla. Están saturadas. He aquí la resistencia a la insulina.

La catástrofe insulínica

¿Qué crees que pasará después? Hemos alcanzado el punto en que nuestras células no perciben la señalización de la insulina en sangre. ¿Cómo abrirán sus puertas a la glucosa? ¿Cómo entrarán los nutrientes en nuestras células? Y lo más importante, ¿cómo evacuará nuestro organismo el exceso de azúcar en sangre? ¿Y cómo lo interpretará nuestro páncreas?

Cuatro respuestas rápidas:

  • No abrirán las puertas.
  • Padeceremos déficit energético y fatiga, además de desnutrición celular -lo que acelerará su envejecimiento-.
  • Nuestro hígado intentará almacenar el exceso de azúcar, pero también tiene su límite –> síndrome del hígado graso no alcohólico.
  • El páncreas, viendo que los niveles de azúcar no bajan, secretará más y más y más insulina, y en consecuencia nuestro cuerpo ya resistente todavía se afianzará más en su resistencia a la insulina.

El paso siguiente es obvio y tiene un nombre: hiperinsulinismo -o hiperinsulinemia-.

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