Vuelve a escuchar tu cuerpo

El título del post es algo redudante con el nombre del blog, pero una vez más quiero insistir en esta idea ya que será primordial para que comprendas lo que va a venir a partir de ahora.

Es algo que he ido remarcando con cuentagotas últimamente en diferentes posts. ¿Permites que tu cuerpo sienta el dolor y reaccione a él? ¿Esperas a sentir hambre para decidir comer? ¿Dejas que el cuerpo responda adecuadamente a un cambio de temperatura exterior? ¿Qué funciones desempeñan estas sensaciones?

Porque cada una de las sensaciones que podemos sentir tiene una o varias funciones específicas. Todas son herramientas de información que el cuerpo puede gestionar para determinar qué acciones realizar, un intercambio de información entre el exterior y el interior, entre nosotros y el medio ambiente, donde los principales actores de esta gran obra de teatro son el sistema nervioso y el sistema endocrino, ayudados por el sistema inmunitario para poner o no barreras a la información que compartimos con nuestro entorno biológico -por llamarlo de alguna manera-.

Claro está, si esta comunicación falla corremos el riesgo de que nuestro organismo se desequilibre por su incapacidad de percibir eficazmente lo que sucede a su alrededor, tanto por dentro como por fuera, por lo que es muy probable que su respuesta a veces tampoco sea la adecuada, o simplemente que no haya respuesta al imponer nosotros la ley del silencio.

Dolor, temperatura, hambre, olfato, propiocepción,… son ejemplos de sensaciones que, sea por el motivo que sea, hemos silenciado, hemos perdido sensibilidad respecto a ellas, y consecuentemente el cuerpo también ha perdido su capacidad de reacción.

Si nos duele algo, ¿qué hacemos? Tomamos un analgésico inmediatamente. No dejamos que el cuerpo gestione esa información. No nos paramos a pensar por qué nos duele, qué nos está diciendo el cuerpo, de qué nos avisa. Tampoco dejamos que éste reaccione mediante la secreción de endorfinas, por ejemplo, para aliviar naturalmente el dolor. Tal vez si escucháramos algo más el dolor sencillamente entenderíamos que nuestro dolor de cabeza “crónico” se debe al ruido excesivo de nuestro entorno, a la constante tensión de nuestros pensamientos o al poco descanso. ¿Y si intentáramos buscar el silencio, relajarnos o descansar un poco? ¿Y si bastase con sólo eso? El cuerpo sabría reaccionar, y lo haría cuando fuera necesario.

Nunca sentimos hambre ni sed. Comemos y bebemos contínuamente. ¿Para qué “inventó” la naturaleza el hambre y la sed? ¿De qué nos informan? ¿Para qué sirven? ¿Tiene algún sentido adelantarse a tales sensaciones de manera que nunca las sintamos? Y es más, si nunca llegamos a sentirlas, ¿qué ocurrirá con todos los mecanismos metabólicos que estas sensaciones ponen en marcha cada vez que las sentimos? Nunca ocurren, y volvemos a desequilibrar nuestro organismo. Obviamente, como el cuerpo no sabe reaccionar, por ejemplo, ante el hambre, cada vez que pasamos un ratito son comer -algo muy común en la naturaleza- no sabe qué hacer, de dónde sacar energía, a pesar de que contemos con unos generosos depósitos grasos incluso en forma de sobrepeso.

La propiocepción, la noción del propio cuerpo en el espacio, muy relacionada con el equilibrio, también se está perdiendo. ¿Cómo vamos a saber dónde estamos y cómo nos movemos si siempre estamos sentados, quietos? El cuerpo ya no tiene la necesidad de percibir tal información y lógicamente tampoco responde a ella. Ahora bien, como generalmente no lo hace tampoco le pidamos que luego, al intentar movernos, lo haga con agilidad, precisión o soltura. Más bien nos convertiremos en individuos torpes, patosos, desubicados espacialmente.

Y así podría poner algunos ejemplos más de “fallo comunicativo” entre nuestro interior, nosotros mismos, y el exterior, el medio ambiente.

La vida no es más que una constante interacción entre estos dos entes, medio interno y medio externo, si es que se pueden separar -en realidad forman un ente mucho más global, macrosistemas, macroorganismos-, y es fundamental que tanto la emisión como la recepción de la información que transita entre ambos sea eficiente.

Centrándonos en el hombre, se hace muy necesario comprender que detrás de cada una de estas sensaciones el cuerpo realiza un trabajo intensísimo con tal de regular todas sus funciones, las cuales dependerán fundamentalmente de cómo se gestione, se perciba y se responda a toda la información que fluye sin cesar por el sistema nervioso y endocrino.

Porque desde fuera hablamos de hambre, dolor, sed, calor, movimiento,… Pero desde dentro esto se traducirá en regulación hormonal. Y es ahí donde quería ir a parar.

Próximamente veremos lo importante que es recuperar la sensibilidad -la capacidad de percepción por parte de nuestro sistema nervioso- de una hormona, mientras también conoceremos la otra cara de la moneda, la resistencia hormonal. ¿Te suena la resistencia a la insulina? Porque es la precursora de enfermedades como la diabetes. ¿Has oído hablar de la resistencia a la leptina? Porque es el motivo por el que tu cuerpo no sabe “quemar” grasas.

La mejor de las noticias es que podemos reeducar nuestro cuerpo y nuestro sistema hormonal para que vuelvan a escuchar, vuelvan a ser sensibles, y de esa forma recuperar la salud y el bienestar, además de ser la mejor estrategia de prevención ante enfermedades y disfunciones.

¿Cómo se hace? Como siempre, cavernícola. Tus hábitos, tu estilo de vida, tu movimiento, tu alimentación, tus emociones, tus pensamientos,… todo influye directa o indirectamente en tu organismo y en la expresión genética de tu ADN.

¿Estás dispuesto a cambiarlo? ¿Quieres ofrecer al mundo la mejor versión de tu ADN? Vuelve a escuchar tu cuerpo.

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