Metáfora: ¿Te atreves a quitar el piloto automático de tu bicicleta?

Hoy estamos de estreno. ¿Y eso? Es sencillo. Lo que hoy publicamos en Escucha tu cuerpo no lo he escrito yo, Rober, sino mi nuevo compañero de viaje, al que probablemente ya conozcas a raíz de su testimonio paleo.

El autor de este post, así como de unos cuantos en el futuro, es Xavi Sancho, diplomado en Fisioterapia y Máster en Osteopatía Estructural -y pronto también en Visceral- por la Escuela Universitaria de Fisioterapia Gimbernat. Como dije el día de su testimonio, pronto se presentará oficialmente ;-)

En forma de cuento, Xavi nos invita a reflexionar acerca de nuestras creencias y aprendizajes, y de lo mucho que vale la pena atreverse a desaprender y a explorar nuevos caminos, tengamos la edad que tengamos.

¿Te atreves a quitar el piloto automático de tu bicicleta?

¿Conoces el cuento del niño y la bicicleta?

Se trata de la historia de un niño que vivía en un territorio en el que todo el mundo tenía su propia bicicleta nada más nacer. A él sus padres también le regalaron la suya. Era una bicicleta de color rojo brillante -como todas las de su familia-, con grandes ruedas todo-terreno, totalmente equipada con todo lo que os podáis imaginar. Era un privilegio disponer de esa bicicleta nada más nacer, a pesar de no ser consciente ni saber de qué se trataba en ese momento.

A medida que el niño se fue haciendo mayor, los padres fueron explicándole qué era aquel gran regalo que le habían hecho cuando nació y a la vez, le enseñaban a utilizarlo. Lo hacían igual que ellos habían aprendido a usar la bicicleta en su día. Los primeros pasos los hizo con sus padres, pero pronto ellos se vieron limitados y no pudieron enseñarselo todo, por lo que debía acudir a la escuela de la bicicleta.

Allí siguió con su aprendizaje hasta adquirir los conocimientos suficientes como para montar y disponer de su propio piloto automático. Era un aparato que todo el mundo tenía. Se podía configurar una sola vez, pero de ese modo no hacía falta hacer grandes esfuerzos para avanzar, para parar, decidir los caminos que seguir, no se podía caer… No hacía falta pensar en nada, sólo dejar que la bicicleta le llevara por los sitios que en la escuela le habían enseñado a programar cuando configuró el piloto automático.

Era muy fácil ir en una bicicleta con piloto automático; al niño le encantaba. Iba por carreteras principales y veía pasar otras bicicletas por su lado -de tantos colores como familias había-, todo  el mundo iba en la misma dirección, aunque a velocidades diferentes. Era una circulación continua y ordenada. Si alguien quería parar no podía; el piloto automático no se lo permitía si no era uno de los puntos configurados, pero eso no importaba porque aquel aparato estaba hecho para eso, para no pensar demasiado.

Alrededor de las carreteras había campos con pájaros cantando, otros animales saltando y corriendo en libertad, caminos secundarios desconocidos por el niño… Siempre que miraba y escuchaba a su alrededor se decía: “me gustaría descubrir qué hay más allá de estas carreteras”, pero en seguida le pasaba por al lado alguna persona en bicicleta que le hacía recordar que no podía salirse del camino trazado. Esta situación se repetía una vez tras otra cada día de su vida.

Un día, nada más levantarse se dijo: “¡quiero ser feliz!”. Acto seguido se fue al garaje dónde guardaba su bicicleta y desmontó su piloto automático. No fue una decisión fácil, hasta entonces todo lo había regulado ese aparato. El niño tenía miedo a no saber montar en bicicleta, a caerse, a no saber por dónde ir, a ir demasiado lento o demasiado rápido… Se puso a practicar por el jardín de casa recordando todo lo que había aprendido con sus padres, en la escuela de la bicicleta e incluso lo que había observado yendo por las carreteras en piloto automático. Todo eso eran sus primeras referencias y las consideró como tal, nada más, porque lo que el niño quería era aprender a su manera, a ir en bicicleta por donde él quisiera y como él quisiera.

Con dedicación, enfoque, perseverancia, motivación pero sobre todo siendo consciente de cuál era su sueño, consiguió montar su bicicleta libremente -él era responsable de lo que hacía con su bicicleta– y descubrir rincones, parques, campos y caminos hasta entonces desconocidos…

 

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