Comiendo así ya debería estar muerto (mitos y creencias)

Este post participa en la II Edición del Carnaval de Nutrición, este año dedicado a los mitos nutricionales y alojado en el blog de la consultoría dietética  Alimmenta. La línea editorial es una tanto distinta a la del resto de entradas participantes, ya que este post pretende ser reflejo de una experiencia personal respecto a los mitos y creencias nutricionales, más que una guía u opinión de un experto. Tengo la esperanza que los lectores sean tan abiertos de mente y respetuosos como yo siempre he sido, así como que no entiendan esta entrada como un mensaje en contra de nada ni ofensivo, sino sencillamente como una perspectiva un tanto diferente.

Comiendo así ya debería estar muerto

Cómo me gustan los titulares sensacionalistas… Bueno, vamos a desdramatizar un poco. Comiendo así ya debería estar “casi” muerto, o como mínimo enfermo.

Son ya tres años desde que empecé a hacer oídos sordos tanto a la rumorología como a las recomendaciones nutricionales de las autoridades sanitarias. Visto el panorama, decidí investigar por mi cuenta, experimentar con lo que encontraba -como ya había hecho durante mucho tiempo con el veganismo, crudivorismo, dieta mediterránea, etc.- y poner en práctica un estilo de vida más acorde a nuestra naturaleza evolutiva, siguiendo las bases de la medicina evolucionista -promovida por numerosos médicos, dietistas y otros especialistas.

Según los mitos y creencias de la sabiduría convencional -acuñada por Mark Sisson-, y teniendo en cuenta que este ensayo personal -sobre todo personal, no extrapolable a toda la población, sólo a mí- ha durado suficiente tiempo como para extraer ciertas conclusiones -tres años-, yo ya debería estar bastante enfermo, o como mínimo predispuesto a padecer cualquier anomalía relacionada con una nutrición desequilibrada y un ejercicio físico inadecuado. Sin embargo, ha ocurrido todo lo contrario.

¿Cómo? A eso vamos.

Lo que dejé de hacer y que debería hacer para estar sano (es decir, los mitos)

  • Comer cinco veces al día con tal de aportar la energía necesaria a nuestro organismo, mantener cierto ritmo metabólico -para no engordar- y evitar la ansiedad del hambre.
  • Incluir todos los macronutrientes en cada comida para llevar una dieta equilibrada.
  • Respetar la proporción 65% de hidratos de carbono, 20% de proteínas y 15% de grasas en la dieta -o repartos semejantes 5% arriba o abajo- para cubrir las necesidades de cada macronutriente.
  • Beber dos litros de agua diarios, aún sin tener sed, para mantener el equilibrio hídrico.
  • Evitar el consumo de grasas saturadas para conservar unos niveles de colesterol adecuados y no engordar.
  • Minimizar el consumo de carne, especialmente roja, a la vez que incrementar el consumo de proteínas de origen vegetal, de un potencial proteico similar al de los alimentos de origen animal.
  • “Desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un mendigo” o considerar la comida más importante del día al desayuno nada más levantarse para prepararse para las necesidades de la jornada.
  • Hacer ejercicio cardiovascular de larga duración -de media hora para arriba- a diario para compensar las calorías que entran y quemar grasas.
  • Acudir a un gimnasio, practicar algún deporte o fortalecer la musculatura mediante ejercicios analíticos y un entrenamiento guiado, dividido y planificado.

En definitiva, los típicos consejos de “comer de todo con moderación”, la dieta mediterránea y la pirámide nutricional clásica promovida por autoridades sanitarias y gobiernos.

Lo que he estado haciendo

  • Comer vegetales, hortalizas, frutas, carne de todo tipo, pescado, marisco, huevos y frutos secos. Minimizar el consumo de granos cereales, legumbres y lácteos. Evitar totalmente el consumo de alimentos procesados -de hecho, no son alimentos.
  • Sustituir hidratos de carbono por grasas como fuente principal de energía, así como aumentar levemente el consumo de proteínas, especialmente de origen animal. Las proporciones rondan el 20% hidratos de carbono, 40% proteínas y 40% grasas.
  • Enfatizando el punto anterior, aumentar considerablemente el consumo de grasas saturadas a base de aceite de coco, ghee y alimentos de origen animal, como por ejemplo el tocino.
  • No preocuparme por si todas las comidas incluyen cada uno de los macronutrientes.
  • Comer sólo cuando tengo hambre, generalmente un par de veces al día, aunque a veces sólo una y excepcionalmente tres.
  • No desayunar hasta después de mi práctica de actividad física habitual. La primera comida del día la hago entre las 11 y las 14 horas. La última, en los últimos meses, sobre las 19.
  • Beber sólo cuando tengo sed. No tengo ni idea si alcanzo o supero los dos litros de agua. Depende del día y de lo que haya hecho. En verano bebo más que en invierno.
  • No hago ejercicio cardiovascular sostenido de larga duración, sino entrenamientos interválicos de alta intensidad como esprintar, saltar, subir escaleras a gran velocidad, etc. que no superan los diez minutos de actividad total al día. No obstante, no uso ni coche ni transporte público. Voy a todas partes andando, en bicicleta o en patinete.
  • No hago ejercicio muscular analítico, dividido y programado. Ahora bien, todos los días voy a la playa o al parque a jugar media horita. Hago lo que me pide al cuerpo, como un niño. Escalo, gateo, salto, trepo, empujo, lanzo,… Insisto, juego, a veces solo y otras veces con amigos.

Lo que me debería haber pasado

  • Debería estar hecho polvo. Debería sentirme fatigado, falto de energía, apático, desconcentrado, deprimido y desmotivado.
  • Debería estar enfermo. Debería haber cogido de todo en los últimos años debido al desequilibrio de mi dieta, con el supuesto daño al sistema inmunológico que tal desequilibrio hubiera ocasionado.
  • Debería estar ansioso. Debería morirme de hambre durante el día, mientras que al cabo de tres horas de no comer debería dolerme la cabeza y estar de muy mal humor.
  • Debería tener unos análisis nefastos. Deberían haber aumentado mis niveles totales de colesterol y, sobre todo, haberse desequilibrado mi ratio HDL:LDL. Debería tener mi sangre cargada de triglicéridos y mis indicadores proteicos por la nubes.
  • Debería estar gordo. Tantas grasas saturadas sólo deberían haber tenido una opción, acabar en mi barriga, provocándome una obesidad central característica del síndrome metabólico.
  • Debería sentirme muy mal porque, como todos sabemos, el cuerpo nunca engaña y, aunque dicen que hay anomalías asintomáticas, nuestro cuerpo siempre nos avisa de algún modo de que algo no va bien, como mínimo manifestando alguno de los síntomas conductuales e inmunitarios que mencionaba en los primeros puntos.

Lo que me ha pasado realmente

  • Me siento como nunca antes me había sentido. Tengo energía, plena atención y concentración, un plus extra de motivación por encima de lo que suelo ver a mi alrededor. De hecho, todo eso que decía “me debería haber pasado” es lo que me pasaba antes, con ciertos matices. Ahora ya no.
  • No he enfermado en tres años. La última vez que lo hice padecí una gastroenteritis por comer unas ostras en mal estado hace ya esos tres años. Ni tan sólo me he resfriado ni una sola vez en todo este tiempo. No padezco ningún tipo de dolor, ni visceral ni musculoesquelético. Una leve alergia al pelo de animal ha mejorado considerablemente y una queratosis pilar que padecía en los brazos ha desaparecido por completo.
  • He regulado mi ansiedad compulsiva por comer, así como mi apetito. Puedo estar un día entero sin comer y sin padecer dolor de cabeza, decaimiento, cambios en mi estado de ánimo, ansiedad,… Puedo realizar actividad física intensa en ayunas durante horas sin notar pérdidas de energía, fuerza o pájaras.
  • Mis análisis son estupendos, incluso mejores que los de antes -dieta mediterránea-, en especial en relación a la proporción HDL:LDL y la glucosa. Todos los parámetros están en orden.
  • He perdido algo de peso, unos 6 kg, mientras que ha aumentado mi masa muscular y mi fuerza máxima, así como han disminuido mis niveles de grasa corporal.
  • Resumiendo, mi bienestar, salud y calidad de vida han mejorado notablemente.

Conclusiones

No soy médico ni especialista, así que no puedo explicar por qué ha ocurrido todo esto ni extrapolarlo con absoluta garantía de éxito para todo el mundo. De hecho, sigo buscando a alguien que me explique cómo ha sido posible que haciendo todo lo contrario a lo que supuestamente debería hacer me encuentre mejor que antes.

Lo que sí soy es una persona con cierta cultura y conocimientos, además de capacidad crítica -especialmente hacia mí mismo-, y sin ningún miedo a cambiar, a ver las cosas desde otro punto de vista, a no aferrarme a las creencias y mitos que corren desde la calle hasta las fuentes más prestigiosas y reputadas, y sobre todo a experimentar.

Comiendo así ya debería estar muerto, pero resulta que estoy más vivo que nunca

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