La (o)posición del Método Natural frente al fitness y la cultura del deporte

Ayer lo adelantaba en Facebook. Sí, mi próximo libro está al caer. Matizo que “al caer” significa que se publicará entre junio y octubre; me gusta jugar con un buen margen ;-)

¿Sobre qué tratará? Sobre ejercicio físico, desde un punto de vista tanto teórico como práctico -sé que muchos esperan esta parte práctica.

De momento, comparto un cachito reflexivo del cuarto capítulo. Espero que os guste.

La (o)posición del Método Natural frente al fitness y la cultura del deporte

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Georges Hébert siempre se mostró crítico con los sistemas de gimnasia de su época y la práctica deportiva, los “bisabuelos” del fitness actual.

Ya en sus primeras publicaciones advertía que “la gran diferencia” del Método Natural “respecto a otros métodos es que el resto residen en el análisis: para obtener un desarrollo general del organismo, éstos buscan sucesivamente el desarrollo parcial y local de diferentes partes del cuerpo y músculos mediante movimientos antinaturales. Este es un error fundamental y nada más contrapuesto a las leyes de la naturaleza. El perfeccionamiento fisiológico, más que ser el mero desarrollo del sistema muscular, debe ser la consecuencia natural de un trabajo de coordinación resultante de la práctica de los ejercicios para aquellos en los que el hombre es especialmente hábil y, ante todo, del corazón y los pulmones, y no el resultado de ejercicios convencionales con efectos localizados”, dando pie a una de sus primeras grandes conclusiones en la que ya se vislumbra un trasfondo moral de su particular visión de la actividad física: “Los ejercicios utilitarios indispensables (caminar, correr, saltar, trepar, gatear, equilibrarse, cargar, lanzar, defenderse y nadar) deben considerarse como los ejercicios educativos más importantes, ya que preparan al organismo de forma completa y cumplen el objetivo primordial de la educación física: la formación de sujetos desarrollados de una manera completa y útil”, finiquitando este discurso con una sentencia de aquellas que personalmente considero de perogrullo:

“Jamás se ha visto a un animal desarrollar sus músculos por series o realizar movimientos que no sean absolutamente necesarios para su locomoción, trabajo diario o defensa”

Si bien este enfoque podría referirse a cualquier práctica antinatural de hoy día, ya sea la realizada en los gimnasios o a través de algún deporte especializado, Hébert fue más allá, analizando el trasfondo de dichas prácticas, claramente competitivas y resultadistas que en nada benefician al bienestar emocional de la persona, empujada siempre hacia una percepción de sí misma imperfecta y mejorable, algo poco adecuado para el desarrollo de la autoestima: “El deporte es cualquier tipo de ejercicio o actividad física dirigida a la consecución de los resultados y cuyo desempeño depende principalmente de la idea de la lucha contra un elemento definido, distancia, peligro, animal, adversario (…) y, por extensión, contra uno mismo”.

Y si esto no fuera poco, no sólo se preocupaba de lo que fomenta el deporte a nivel individual; también a nivel social, recordando que “el deporte proyecta una imagen de decadencia moral en su tiempo, producto de la desviación de sus propósitos; convirtiéndose en un espectáculo social alejado de los objetivos educativos y saludables que busca alcanzar la educación física. (…) el gran espectáculo de exhibición de los amateur del mundo entero, los cuales han sido organizados con una publicidad que recuerda la de las grandes empresas teatrales”.

Desde mi punto de vista, las palabras de Hébert todavía son vigentes cien años después. A pesar de que en cierto modo el deporte nos pueda enseñar lo que son valores como el esfuerzo, la disciplina o la voluntad, el enfoque principal de nuestra cultura deportiva está siempre centrado en la consecución de resultados y en la competitividad, incluso contra uno mismo, utilizada como pretexto de superación personal. ¿De verdad tengo que superarme a mí mismo constantemente? ¿Nunca voy a estar contento con mi realidad actual? ¿Cuándo voy a disfrutar de lo que estoy haciendo ahora, en este preciso momento? ¿Cuando consiga los resultados? ¿Y si no llegan? O si los alcanzo, ¿después qué me queda?

Además, parece evidente que el papel del deporte en el ámbito político-social poco ha cambiado ya no desde la revolución industrial, sino desde los tiempos del Imperio Romano, siendo el rol social del deporte un simple factor de distracción para entretener a las masas mientras olvidan sus responsabilidades morales comunitarias -política, social, cultural y moralmente, ¿en qué se diferencia un campo de fútbol al Coliseo romano?-, pero además actualmente manipuladas a base de publicidad y marcas, y así caer víctimas del marketing deportivo y consumir infinidad de productos inútiles, desde ropa hasta aparatejos varios.

En definitiva, tanto en lo físico como en lo moral, tanto en lo individual como en lo social, la práctica deportiva y el fitness convencional actuales pueden resumirse en una afirmación de Georges Hébert más que acertada:

“El mundo moderno está fabricando hombres más centrados en su apariencia que en su función.”

(…)

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