¿Por qué endulzamos, salamos, aliñamos y especiamos tanto lo que comemos?

Petición previa para cualquier amante de la cocina: no te enfades conmigo. A mí también me gusta cocinar, probar recetas nuevas –sigo experimentando con el súper recetario del libro Viviendo Paleo–, combinar sabores, etc., aunque al mismo tiempo, como ya sabes, soy un amante de la simplicidad y la naturaleza esencial de las cosas, también en la gastronomía.

Hace unos días, en mi recomendación de cómo tomar café e infusiones de una forma natural, comentaba lo curioso que me parece cómo nos gusta modificar sutilmente o incluso cambiar completamente el sabor de los alimentos. El café es un claro ejemplo, cuando le añadimos un par de cucharadas de azúcar o unas gotitas de stevia –los más chic– para esconder su gusto real. ¿A ti qué te gusta? ¿El café o el azúcar? Porque el café no es dulce, sino amargo. ¿Lo tomarías sin azúcar? Probablemente sí –a mí me gusta–, pero no tres litros diarios…

Tal vez los ejemplos más claros los podemos encontrar precisamente en ese grupo de alimentos y bebidas que solemos edulcorar, motivados por nuestra naturalísima atracción y adicción al azúcar –durante cientos de miles de veranos, lo dulce nos ha permitido engordar y sobrevivir al duro invierno. Sin embargo, este hábito de enmascarar los sabores reales de los alimentos no es algo que busquemos solamente al endulzar, sino también al aliñar, salar y especiar nuestras comidas.

Educados en la cultura de la recompensa inmediata y, una vez más, alentados por nuestros instintos naturales de la palatabilidad, nos hemos vuelto adictos a los sabores intensos, y si algo no tiene un sabor muy agudo, nosotros le añadimos sal, especias o vinagres para ¿potenciar su sabor? Mejor dicho, para cambiarlo completamente.

Al final el sabor real de lo que comemos es lo que menos importa y lo único que hacemos es saciar nuestro paladar a base de azúcar, sal, pimienta, especias y vinagres.

El motivo por el que endulzamos, salamos, aliñamos y especiamos todo lo que comemos es entre instintivo –nos encanta lo dulce y los sabores potentes– y cultural –somos especialistas en repetir tradiciones. Que sigamos haciéndolo de vez en cuando no creo que sea un gran problema. Ahora bien, además de nuestro instinto, la naturaleza nos ha regalado la razón, la capacidad de pensar, y gracias a ello no estaría de más ser consciente y comprender que debe haber algún motivo por el que cada alimento tiene su sabor y olor particulares y que, tal vez, la variabilidad de sabores en nuestra dieta también influya de cierta forma en cómo se prepara y reacciona nuestro cuerpo al percibir según qué sabores de forma repetida. De hecho, como nos mostraba Ana Muñiz en Me Gusta Estar Bien hace unos días, hasta los “alimentos” sin calorías pueden hacernos engordar cuando al estar edulcorados, activando la reacción en cadena dulce-insulina.

Como siempre, la elección es tuya. De vez en cuando puedes jugar a ser un artista culinario; no tiene nada de malo. Pero cada vez que añadas y combines ingredientes, facilitando la preponderancia y repetición de ciertos sabores, como mínimo sé consciente de que no estás respetando el sabor natural de los alimentos y que, consecuentemente, puede que tu cuerpo se sienta engañado.

Para acabar, nada mejor que ilustrar nuestra artificialidad culinaria a través de las palabras de Marlo Morgan en su excelente libro Las voces del desierto –creo que no es la primera vez que te lo recomiendo:

Un resplandor naranja nos teñía el rostro, y la conversación derivaba hacia el tema de la comida. Era un diálogo abierto. Ellos me preguntaron y yo respondí cuanto me fue posible. Les hablé de las manzanas, de cómo creábamos híbridos, hacíamos compota o la tarta tradicional. Ellos me prometieron buscarme manzanas silvestres para que las probara(…)

Les describí un restaurante y el modo en que se servían las comidas en platos decorados. Mencioné la salsa. La idea resultó confusa para ellos. ¿Por qué cubrir la carne con salsa? Así que acepté hacerles una demostración. (…) La salsa provocó nuevas expresiones faciales y comentarios de todos los que la probaron, pero mostraron mucho tacto. (…)

(…) Nos divertíamos con casi todo lo que hacíamos, y aquello también provocó grandes risas. Pero su búsqueda espiritual está tan presente en todas sus actividades que no me sorprendí cuando alguien comentó que la salsa era una símbolo del sistema de valores de los Mutantes. En lugar de vivir la verdad, los Mutantes permiten que las circunstancias y condiciones entierren una ley universal bajo una mezcla de conveniencia, materialismo e inseguridad. (…)

También hablamos de los pasteles de cumpleaños y el sabroso glaseado. La analogía que establecieron con el glaseado me pareció muy convincente. Parecía simbolizar todo el tiempo que pierden los Mutantes en objetivos artificiales, hueros, temporales, decorativos y edulcorados en el espacio de una generación, de modo que en realidad son muy escasos los momentos de su vida que dedican a descubrir quiénes son y cuál es su ser eterno.

(…/…)

Hemos enseñado mucho a la Mutante y hemos aprendido mucho de ella. Parece ser que los Mutantes tienen algo en su vida llamado salsa. Conocen la verdad, pero la entierran bajo el espesor y las especias de la conveniencia, el materialismo, la inseguridad y el miedo. También tienen algo que llaman glaseado. Al parecer representa el modo en que malgastan casi toda su existencia en proyectos superficiales, artificiales, temporales, de agradeble sabor y atractiva apariencia, pero dedican muy pocos segundos a desarrollar su ser eterno.


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