La felicidad se contagia

(Como cada lunes, me gustaría aportar mi granito de arena para que el primer día de la semana sea un gran día para ti. Por eso comparto este capítulo revisado y actualizado de “Una vida sencilla”. ¡Feliz lunes!)

Una de las cosas más importantes que he aprendido en los últimos años es que el hombre ya no se contenta sólo con sobrevivir. En el llamado primer mundo, la esperanza de vida se ha incrementado tanto y la supervivencia es tan fácil de asegurar -aunque sea a base de Donuts y MacPollos-, que el hombre busca algo más que sobrevivir. Ahora quiere vivir. Y si antes, con el único objetivo de subsistir y conservar la especie, el hombre no hacía otra cosa que salir en busca de comida e intentar no caer en manos de un depredador, hoy en día parece ser que la única manera de mantenerse verdaderamente vivo es ser feliz.

A raíz de ese aprendizaje me he interesado muchísimo más por el concepto de la felicidad y he leído cantidad de libros sobre el tema desde diferentes puntos de vista: psicología, filosofía, espiritualidad,… ¿Qué dicen los expertos y sabios? Aunque cada cual con sus matices, todos coinciden en lo mismo. Parece ser que la felicidad no es una meta, un destino, sino un modo de vida, una actitud. La felicidad no es algo que viene y va, sino que puede ser permanente. Da lo mismo si estoy triste y apenado o contento y alegre, que siempre puedo ser feliz. Diferenciando entre ser y estar… curioso.

Por lo tanto, ¿se puede encontrar la felicidad? ¿Vale la pena buscarla? ¿Está en algún sitio escondida? No lo creo. De hecho, como dice Eckhart Tolle, la felicidad siempre está en el mismo lugar, aquí y ahora.

La felicidad se contagia

Ya llevo dos aprendizajes: la felicidad es una elección y la felicidad sólo puedo vivirla en el presente. Pero aquí no acaba la cosa, hay un tercer aprendizaje que en gran medida se lo debo al Dalai Lama y su libro El arte de la felicidad. La felicidad se basa en dos acciones: compartir y ser compasivo.

Así que ser feliz no tiene ningún sentido si no compartes tu propia felicidad con los demás, es decir, que no puedes ser feliz tú solo. El hombre forma parte de una red viva de constante compartición, de un flujo incesante de entrada y salida de información, energía o llámalo como quieras. De nada sirve ser feliz si los demás no lo perciben, como también es imposible ser feliz si no ves felicidad en los demás.

Entonces, si quiero ser feliz, no me queda otra que participar en la felicidad de los demás. No puedo permitirme el lujo de “pasar” de la felicidad de los demás. ¿Qué pasaría si nadie a mi alrededor fuera feliz? Pues está claro, yo tampoco lo sería. No puedo vivir “a mi bola”.

Por eso mi conclusión es que una vida feliz conlleva un movimiento contínuo de ida y vuelta. Debo convertirme en un virus de felicidad, un bichito persistente y altamente contagioso que base su vida en transmitir felicidad a todo ser que pase por delante. Cuanto más extendida esté la epidemia de la felicidad, más potente será su efecto y más sencilla será mi ¿supervivencia? ¡Más sencilla será mi vida!

Resumiendo. Para ser feliz:

  • Habrá que empezar por eso mismo, por ser feliz. ¡Despierta! Renueva tu actitud, imprégnate de pensamiento positivo, cambia de punto de vista. La felicidad está en ti, aquí y ahora, y no la encontrarás por ahí fuera.
  • Rodéate de felicidad. Busca personas que también transmitan felicidad y engánchate a ellas como una lapa. En momentos de cierta debilidad, recárgate con el optimismo y la sonrisa de otros. Juntos formaréis un foco de felicidad aún más potente.
  • Propaga la felicidad. No tengas prejuicios, puedes compartir tu felicidad con todos los seres del Universo. Inténtalo varias veces, recuerda tu naturaleza persistente. Además, esta vez juegas con ventaja. La felicidad es incontable, y por lo tanto infinita. Acostumbrados a contabilizar constantemente, siempre pensamos en que para compartir y que alguien reciba algo el otro tiene que darlo, para que uno gane el otro tiene que perder. Con la felicidad esto no pasa, porque la felicidad no se acaba. Puedes dar toda la que quieras, que nunca te quedarás sin. Es más, ya sabes, cuanta más propagues más te infectarás a ti mismo. Es un viaje de ida y vuelta.
  • Evita la infelicidad -insisto, no la tristeza, la pena o el dolor; son cosas distintas. Por desgracia, también existen focos muy resistentes de infelicidad. Tú, como persona feliz y sin prejuicios, seguirás desprendiendo felicidad, incluso al verte rodeado de infelicidad. Pero a veces se resistirá y podrá más que tú. Recuerda el no forzar, el wu wei. Tú pasas por allí como quien no quiere la cosa, siembras la semilla de la felicidad y te vas, sin esperar nada. Si finalmente, después de varios intentos, tu infección de felicidad fracasa, aléjate de estos focos, porque funcionan como tú pero a la inversa. Intentarán hacerte infeliz. Mejor apartarse, dar libertad y tal vez, tarde o temprano, se acerquen a ti para exponerse de nuevo a tu virus de felicidad.

¿A qué esperas? Sé feliz, vive feliz, comparte tu felicidad y haz todo lo que puedas para que los demás sean felices. La felicidad se contagia.

¿A quién vas a contagiar hoy de felicidad?

 

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