Minimalismo: una herramienta antiestrés muy potente

(Como cada lunes, me gustaría aportar mi granito de arena para que el primer día de la semana sea un gran día para ti. Por eso comparto este capítulo revisado y actualizado de “Una vida sencilla”. ¡Feliz lunes!)

Desde mi punto de vista, la actualidad puede resumirse en una palabra: desequilibrio. Nuestra vida se ha convertido en una descompensación muy significativa entre lo material y lo espitirual, es decir, en una suma de excesos materiales y carencias espirituales.

A planteamientos simples –esta idea no tiene nada de compleja–, soluciones simples. Todavía no quiero hablar sobre espiritualidad –todo llega– así que, centrándome en ese exceso material, creo que lo más coherente es combatirlo minimizando su impacto. Una vida minimalista puede ser la respuesta.

El factor clave del minimalismo es la utilidad o necesidad. ¿Necesito/utilizo tanta ropa? ¿Tanto mueble, tanta vajilla, tantos libros? ¿Tanta tecnología, tanta conexión, tanta información? ¿Coche, ruido, gasolina? ¿Calefacción, aire acondicionado, agua, luz, energía? ¿Comer, salir, comprar? ¿Trabajar, compromisos, obligaciones? Es tan sencillo como ser más consciente y valorar lo que uno realmente necesita y le es útil. Y no sólo a uno mismo. También al resto, al mundo, a la naturaleza. Somos parte de un todo, no debemos olvidarlo. De hecho, si uno realiza una reflexión profunda acerca de nuestras necesidades materiales básicas, es muy fácil llegar a la conclusión del Dalai Lama, quien afirma que sólo tenemos tres necesidades: comida, cobijo y abrigo. De todas formas, ésta es una conclusión a la que se llega después de mucho tiempo poniendo en práctica el minimalismo, no de un día para otro.

Menos es más, el lema del minimalismo más utilizado, para mí no es del todo acertado. Lo encuentro contradictorio lingüísticamente. A nivel personal, soy más cercano a los que usan el eslogan Menos es mejor. Y realmente lo es, en muchos terrenos, aunque sobre todo en lo que se refiere a nuestras posesiones materiales.

Como la ropa. ¿Necesito 20 camisetas? Con cinco ó seis tengo suficiente. Total, siempre me pongo las mismas. Necesito mucha menos ropa de la que tengo. Me ha costado mucho dinero y ocupa mucho sitio, además de acumular mucho polvo –la mayoría de prendas hace meses que no me las pongo ni volveré a hacerlo. Es más, probablemente alguien las necesite más que yo –por desgracia hay gente que no tiene ropa.

Como el menaje de casa. ¿Necesito tres vajillas? Por si viene mi madre, por si vienen los amigos, por si viene el Papa de Roma, por si, por si, por si,… Con una tengo bastante. El resto ocupa espacio y genera desorden. ¿No es absurdo estar viviendo dos en casa y tener treinta tenedores, treinta cuchillos, treinta cucharas soperas, treinta cucharas de postre y treinta cucharas de café? Ya sabes por dónde voy.

Como los recuerdos y antiguallas. Los trofeos de natación de cuando tenía cinco años, la bicicleta estática oxidada de 1985 anunciada por Jane Fonda, la colección de Jacques Cousteau en VHS, etc. Selecciona tres o cuatro recuerdos realmente importantes –insisto, tres o cuatro–; el resto está en tu memoria. Si algún día quieres compartirlo con tus bisnietos, seguro que será mucho más bonito sentarse con ellos y describirles y dibujarles cómo era aquello, que no dárselo en la mano, que lo miren dos segundos y después salgan corriendo a seguir con la partida de la Play Station 27.

Como los libros, los relojes, los zapatos, los bolsos y mochilas, los CD’s y DVD’s, los apuntes de 3º de B.U.P., algunos muebles –cuando me deshago de posesiones inútiles ya no tengo tanto que almacenar–, etc. Todo ocupa espacio, todo genera desorden y suciedad tarde o temprano, todo vale mucho dinero.

Y consecuentemente, si no tengo tantas cosas y hago lo posible por no volverlas a tener, ya que antes de comprar me preguntaré honestamente si lo necesito, ahorro.

Ahorro el espacio que ocupan. Y mi casa es más amplia, luminosa, limpia y ordenada. Estoy bien en casa. Cada vez que entro siento en mi interior un Oooohhhh o un Mmmmmm. Es un gustazo diario llegar a casa. Minimizo el estrés espacial.

Ahorro tiempo. Tiempo que tardo en comprar, transportar, ordenar, desordenar, limpiar. Tiempo que utilizo en disfrutar de mi familia, haciendo ejercicio o aprendiendo a tocar la armónica o harmónica –las dos son válidas, cada día se aprende algo nuevo. Minimizo el estrés temporal.

Ahorro dinero. Obviamente, si no compro cosas inútiles gasto menos dinero. Puedo ahorrarlo. O puedo gastarlo en cosas realmente necesarias. Minimizo el estrés económico.

Ahorro horas de trabajo. Si no necesito ese dinero, ¿para qué ganarlo? Y vuelvo al inicio de la rueda, y ahorro más tiempo-dinero-trabajo-tiempo-dinero-trabajo-tiempo-dinero-trabajo-tiempo-dinero-trabajo-tiempo-dinero-trabajo-tiempo-dinero-trabajo… Minimizo el estrés laboral.

Así que si minimizo posesiones, puedo minimizar espacio ocupado, gastos que no me aportan nada bueno y tiempo dedicacado a esas posesiones, es decir, mi vida tiene menos estrés, ansiedad, sedentarismo. Suena bastante bien.

Y si minimizo espacio ocupado, gastos que no me aportan nada bueno, horas de trabajo, estrés, ansiedad, sedentarismo,… puedo disfrutar más, permitirme gastos más provechosos, pasar más tiempo con mi gente, practicar más mis aficiones. No suena bastante bien, no. ¡Suena muy bien!

Definitivamente, el minimalismo es una herramiento antiestrés muy potente.

Vale la pena preguntarse cada día, al menos una vez, ¿de qué puedo deshacerme hoy? ¿Voy a darme la oportunidad de tener más espacio, más luz? ¿Menos desorden, menos suciedad? ¿Más tiempo, más dinero? ¿Menos agobio, menos presión, menos exigencias? ¿Menos estrés? ¿Más vida?

 

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