Por qué comes compulsivamente (y 2)

Nota: Esta entrada es la segunda parte de la Introducción del libro Cómo dejar de comer impulsivamente.

Como decía… No todo va a ser una cuestión de incoherencias biológicas. Si fuera así, con volver a comer como el hombre del Paleolítico tendrías suficiente. En cambio, en un marco histórico y un entorno cultural y social muy distintos al de la vida de las cavernas, eso no basta.

A un nivel superior al de nuestros instintos, nuestros pensamientos y emociones también juegan un papel primordial en nuestra conducta.

Ante estos tiempos de crisis ya poca gente se atreve a negar que, más allá de ciertos problemas económicos –reflejo de otro problema mucho más grave–, somos protagonistas de un importante conflicto de valores. La competitividad y el materialismo han provocado que dejemos de lado nuestro bienestar emocional para hacer cualquier cosa, lo que sea, incluso algo que odiamos hacer, con tal de conseguir riqueza, fama, éxito, etc. La mayoría de nosotros podemos conseguirlo y tenerlo todo, poseerlo todo –de hecho, muchos somos los que tenemos más de lo que necesitamos–, mientras que cada día contamos las horas para que acabe nuestra jornada laboral, los días de la semana para que por fin sea viernes y los meses para que lleguen las ansiadas vacaciones de verano. Lo más curioso de todo es que cuando llegan el tiempo libre, el fin de semana o las vacaciones aprovechamos para seguir haciendo lo mismo, es decir, comer impulsivamente.

Este cuadro no puede resultar en otra cosa que no sea ansiedad, frustración, resignación y depresión, estados emocionales que también van a ponértelo muy fácil para buscar desesperadamente un lugar dónde refugiarte, para comer impulsivamente. En realidad, cuanto más te dominen estas emociones más fácil será que pierdas el control consciente de lo que haces y tu “yo instintivo” tome el mando. A partir de ese momento vuelves a ser más “animal”. Comes para acallar tus emociones. Comes impulsivamente. Tú ya sabes de qué estoy hablando…

Sumado a instintos y emociones, el último aspecto a tener en cuenta, y el que realmente es tu verdugo y al mismo tiempo puede convertirse en tu salvador, es tu forma de pensar, tus pensamientos, el logro evolutivo más reciente. Tu manera de pensar, que ejerce un gran poder sobre cómo sientes y percibes la realidad –tus emociones y tus instintos–, se ve influenciada, básicamente, por dos factores: la educación y la cultura.

Cómo piensas y actúas es algo que has aprendido fundamentalmente a través de tu educación, de pequeño, en casa y en la escuela. De una forma más o menos consciente y voluntaria, tus padres, familiares, amigos, profesores y todo aquel que se haya cruzado por tu camino –televisión incluida– te han adoctrinado, te han enseñado a pensar y hacer las cosas de una forma muy concreta. Ellos no son culpables; seguro que lo hicieron lo mejor que supieron –especialmente tus padres.

Puede que lo hayan hecho muy bien y tus pensamientos y las creencias que sostienen tus hábitos sean mayoritariamente positivos para ti.

Pero también puede ser, y es bastante común, que lo que hayas aprendido en casa, en el colegio y en la televisión es que nunca es suficiente, que siempre puedes mejorar, que tienes que esforzarte para tener más, que debes sacrificarte para que todo sea perfecto, al mismo tiempo de haber quedado grabadas en tu mente creencias del tipo “eres un desastre”, “no vales nada”, “todo lo haces fatal”, “vas a ser un fracasado”, etc., y hábitos del tipo “no puede quedar nada en el plato” o “hasta que no se termine toda la comida no te levantas de la mesa”.

No sé si es tu caso o no, pero creo que puede valer la pena que prestes atención a tus pensamientos y te pares a escuchar esa vocecita que suele rondar por tu cabeza diciéndote lo que le viene en gana. Gran parte de esos pensamientos son automáticos. ¿Te imaginas que uno de esos pensamientos es que “eres un fiasco”? Pongamos que, inconscientemente, te lo repites diez, cien o mil veces cada día. ¿Cómo crees que debe influir este “piropo” repetitivo en tu estado emocional? Y de rebote, ¿qué instintos debe despertar?

Además, por si tu aprendizaje educativo no fuera suficiente, la información que te llega todos los días, a todas horas, se encarga de apuntillar tu insatisfacción y descontento. La cultura materialista no te deja en paz ni un momento. El bombardeo publicitario y la instauración del miedo por parte de los grandes medios es incesante. El mundo está concebido para que siempre te sientas mal contigo mismo y siempre desees ser o tener algo diferente de lo que ya eres o tienes.

Tu comunidad –familiares, amigos, colegas– también son víctimas que al mismo tiempo refuerzan ese poder mediático –tú quieres ser como ellos, quieres que te aprueben, quieres formar parte de un grupo. El mundo de la publicidad y el marketing se ha gastado enormes cantidades de dinero para instaurar costumbres y tradiciones culturales que impliquen el consumo de sus productos. Todas las ocasiones en que te relacionas con los demás –otra necesidad intrínseca a tu naturaleza– conllevan comer. Sea lo que sea lo que vayas a hacer con tus familiares, colegas del trabajo, amigos, clientes, etc. va acompañado del acto de comer. Bodas, bautizos, comuniones, cumpleaños… siempre con comida. Quedadas en una terraza, excursiones a la montaña, citas, un ratito en una cafetería… siempre con comida. Reuniones, contactos, acuerdos empresariales… siempre con comida. Incluso cuando te rompes una pierna y tienes que pasar unos días en el hospital hay quien te lleva una caja de bombones. ¡Suerte que todavía no tenemos la costumbre americana de organizar un banquete para un funeral! Como en cualquiera de estas ocasiones se te ocurra decir que no, que no comes, prepárate para ser el centro de todas las miradas o, incluso peor, para correr el riesgo de ser juzgado y en el peor de los casos excluido. Pero, como decía, tú no quieres quedarte fuera del grupo; es otra de tus necesidades instintivas. ¿Qué haces? Sufres, sientes la presión, te invade el miedo, imitas a “la manada” y haces lo mismo que hacen todos los demás, comer impulsivamente.

Y la bola de nieve de la compulsión al comer cuenta con todas las facilidades para rodar velozmente cuesta abajo y hacerse cada vez más grande.

Tu instinto, por naturaleza, te invita a comer impulsivamente. Tus emociones, tóxicas la mayor parte del tiempo, anulan tu conciencia, despiertan tu lado más instintivo y te hacen comer impulsivamente. Y tus pensamientos, débiles y manipulados por la educación del materialismo y la cultura de la insatisfacción, nutren tus emociones negativas, que vuelven a dar rienda suelta a tus instintos y te empujan a comer impulsivamente.

¿Cómo detener la bola de nieve? ¿Cómo romper este círculo vicioso?

Lo descubrirás cuando termines el libro. Esto es sólo el principio.

Por hacerte un resumen te diré que mi experiencia me ha llevado a no confiar en los tratamientos unidireccionales que se centran en un único aspecto. La vida es algo tan complejo –que no complicado– y global que centrarse sólo en la alimentación, o en el ejercicio, o en la gestión de las emociones, o incluso en la forma de pensar, es perder el tiempo.

Ante el problema de la compulsión al comer –y al vivir– se hace necesario un enfoque holístico, es decir, que implique concienciarse sobre cada uno de esos niveles y que además tenga en cuenta la relación que guardan entre ellos.

Así que en los próximos capítulos profundizaremos en cada uno de esos aspectos, instintos, emociones y pensamientos, para que comprendas cómo desencadenan ese afán inconsciente y aparentemente incontrolable que tienes por comer.

Una vez hayas comprendido el porqué, compartiré contigo un montón de estrategias para controlar esa compulsión. Todo tiene su importancia. Todas tus acciones juegan un papel primordial en este entramado. Cómo comes influye. Cómo vives influye. Cómo sientes influye. Cómo piensas influye. Por lo tanto, no vas a tener más remedio que trabajar en cada uno de estos niveles para dejar de comer impulsivamente.

Sé que parece mucho trabajo. Sé que son muchas cosas…

Pero también sé que puedes hacerlo. Y lo sé porque he conocido a otras personas que lo han conseguido. Y también lo sé porque yo mismo comía impulsivamente y he dejado de hacerlo.

¿Qué nos diferencia? Nada.

Podemos ser personas distintas, con historias distintas, con inquietudes distintas, de ciudades, clases sociales, alturas y color de ojos distintos. Pero en el fondo todos queremos lo mismo: ser felices. Y todos podemos conseguirlo.

Puedes respetar tus instintos. Comerás, te moverás, descansarás y le darás al cuerpo lo que biológicamente necesita para realizar sus funciones correctamente y así regular tu saciedad.

Puedes aceptar tus emociones. Te darás la oportunidad de primero abrazarlas y después dejarlas pasar, desde la alegría hasta la tristeza, desde la serenidad hasta la ansiedad, desde la euforia hasta la depresión.

Puedes controlar tus pensamientos. Cambiarás el programa y aprenderás que tú ya eres perfecto tal y como eres.

Puedes despertar tu conciencia. Vivirás consciente en el momento presente, aquí y ahora.

Puedes comer en paz.

Comerás en paz.

Vivirás en paz.


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