Crónica del 1er Finde Paleo en Mas Duran (1)

Por si no lo sabías, hace unos pocos días celebramos el primer fin de semana paleo en Mas Duran, la “caverna” de la tribu de Soy Manada. Ya lo había anunciado aquí. Y por cierto, habrán más.

Es muy difícil explicarlo con palabras…

Una vez más, el lenguaje se queda muy corto para interpretar, describir y expresar lo que ocurrió y se sintió este fin de semana pasado en Mas Duran, prueba de que la experiencia, la vivencia, la realidad es mucho más vasta de lo que la mente racional puede gestionar.

Así que dividiré esta crónica en dos partes. La primera, una descripción cronológica de lo sucedido. La segunda, un pobre intento de expresar lo que he sentido y lo que me he llevado.

Lo que pasó

Llegaba a Mas Duran a las 18:30 de la tarde. La mayoría del grupo ya había llegado y estaba de cháchara a las puertas de la masía. Momento de presentaciones.

No tardamos mucho en entrar; la lluvia y el frío nos obligaron. Hacía semanas que no llovía por la zona y justo esa noche cayó de golpe todo el agua acumulado durante los últimos cuatro días nublados, húmedos y muy grises. Incluso alguno comentó escuchar como caía granizo. ¿Nos iba a estropear el fin de semana la lluvia? Nunca. Yo me engachaba como una lapa al lado positivo de la situación. Si el sábado llovía, jornada que estaba programada para pasarla todo el día fuera para el Curso de Iniciación al Método Natural, todavía nos lo pasaríamos mejor. ¡Más barro!

Una ronda de presentación individual nos dio la oportunidad de liberarnos de un montón de presión acumulada. No es fácil ser cavernícola en la era digital y muchos nos hemos visto expuestos al prejuicio y al miedo de nuestro entorno social por el simple –y natural– hecho de no comer pan cinco veces al día. Esa rareza individual que cada uno de nosotros habíamos sentido en algún momento dejó de tener importancia. ¡Todos éramos raros de narices! Nuestra rareza nos unía.

Seguidamente la Manada nos regaló un tour por las grutas más recónditas de su cueva, mientras nos explicaban cómo es posible convivir cuatro adultos y cuatro niños en un espacio realmente pequeño y educarlos según el “dejar hacer” instintivo, como ha ocurrido durante la mayor parte de nuestra evolución, con el soporte de la crianza natural y el colecho, aceptando que los niños aprenden “casi” solos, que no hace falta domesticarlos.

Pronto se sirvió la cena. Espaguetis a los cuatro quesos de primero y filetes rebozados de merluza del Lidl de segundo. Es broma… ¡Cena paleo total! La Manada me comentaba que habían sufrido un poquito porque no sabían si iba a costar que se rompiera el hielo entre tanta gente desconocida, pero sus dudas no tardaron en disiparse. El hielo se había fundido hacía rato, antes de entrar en la casa, por lo que varios debates sobre alimentación, actividad física, estilo de vida, etc. se sucedieron uno tras otro con una fluidez sorprendente, sin tan siquiera ser necesaria la figura de una especie de moderador. Para que luego digan que los cavernícolas no son civilizados…

Unas horas más tarde, alrededor de la medianoche, dábamos por concluida esa primera toma de contacto. ¿Podía haber sido mejor? Imposible. Ahora tocaba descansar. El día siguiente iba a caracterizarse por una sola palabra: movimiento.

Movimiento natural a través del Método Natural de Georges Hébert. Éso es lo que practicamos durante más de ocho horas todo el sábado –por cierto, después de la tormenta llega la calma; un día radiante. Nada de fitness. Nada de bíceps. Nada de objetivos. Nada de repeticiones. Nada de adelgazar. Nada de rendir. Sólo movimiento.

Después de una charla introductoria –un poco tostón, pero necesaria para comprender algunas cosas y dejar claras otras–, rápidamente volvíamos a aproximarnos a nuestros orígenes: el suelo. Hoy día gozamos de una vida físicamente acomodada –demasiado. Todo está a nuestro alcance, por encima de nuestra cintura, y nuestro culo nunca se acerca más al suelo que lo que nos permite la altura de nuestras sillas, sofás o camas. En cambio, durante cientos de miles de años esto na había sido así, de ahí que hayamos heredado la posibilidad de flexionar tanto nuestros tobillos, rodillas, caderas y columna. La movilidad de nuestro cuerpo fue la protagonista durante un buen rato, en el que descubrimos algo revolucionario: ¡la sentadilla es una posición de descanso!

Las caminatas a ras de suelo y algún que otro juego en grupo –la mejor forma de aprender– dieron paso a la práctica de equilibrios, un buen momento para soltar piernas, bajar un poco el ritmo y estimular especialmente nuestro sistema nervioso y los circuitos de equilibrio y propiocepción. El más importante de los aprendizajes –extrapolables a otros ámbitos de la vida–: cuanto más relajado, más estable.

Fuera como fuera, el trabajo en el suelo no había acabado. Tocaba gatear y, del mismo modo que habíamos visto una hora antes cómo nuestros pies, rodillas y caderas pueden moverse mucho más de lo que solemos hacer, ahora entraba en juego otra parte de nuestro cuerpo relegada a teclear y mover un ratón, la mano –y la muñeca–, débil para la mayoría de nosotros, debido a su infrauso. Gatear repararía esta debilidad, así como potenciaría de nuevo nuestra movilidad y fuerza. Es muy probable que no me equivoque al afirmar que gatear es el ejercicio más complejo que podemos practicar.

Una hora y un par de juegos más tarde, los gateos dieron paso a la carrera descalzos. David Lampón, mánager de 5dedos en Barcelona, nos dio una lección que nunca olvidaremos: ya sabemos correr descalzos. Se puede estudiar la técnica, profundizar en ella en términos de rendimiento, etc. Pero a nivel individual y en pro de la salud no hace falta mucho más que correr de verdad, instintivamente, y correr rápido. El trote quedó en entredicho, y no voy a alimentar ahora el debate. Correr de verdad, evolutivamente, es correr rápido. Punto.

Son las 14 de la tarde. Después de cuatro horas de movimiento, toca descansar y reponerse. Algo de fruta, coco y frutos secos será suficiente. Nos quedan otras cuatro horas.

La mañana ha sido muy movida, dinámica. La tarde será algo más calmada, aunque no menos intensa.

Empezamos levantando y lanzando cosas que no han sido diseñadas para ser levantadas, es decir, piedras, troncos, sacos… ¡y personas! Estamos muy malacostumbrados a levantar objetos diseñados para ser levantados, o sea, pesas y barras. ¡Qué triste la vida mecánica de los levantamientos artificiales! Con la de variedad de movimientos, fuerzas, posturas y gestos que requiere un levantamiento natural.

Si levantar es completo y complejo, ya no digamos lanzar. Y más cuando el peso, la forma, el volúmen de aquello que lanzamos cambia constatemente. ¡Puro estímulo!

Ya bien despiertos después de la siesta y un par de horas levantando y lanzando, era el momento de explorar una familia clave a la hora de desplazarnos: los saltos. Cantidad de saltos. Saltos verticales, horizontales, con obstáculo, de altura, de profundidad, con apoyo, sin apoyo, con carrerilla… Una forma excelente no sólo de trabajar el propio salto, sino de enfrentarse al miedo. Es curioso ver cómo, por mucho que racionalicemos el miedo y seamos conscientes de lo absurdo que es temer saltar sobre un poyete de no más de medio metro de altura, nuestros miedos aposentados en el subconsciente nos ponen tantas trabas para avanzar. Sea como sea, esto es algo que se vence con una sola palabra: práctica.

Cae la tarde, cuerpos –y mentes– cansados. Sólo queda por ver una familia de movimientos, la más esperada, la más atractiva –por aquello de subirse a los árboles–, la que probablemente requiere de más fuerza, aunque como vimos también de una buena técnica: trepar. ¿Hay alguna forma mejor de volver a comportarse como un niño, volver a jugar? ¿Hay algún modo mejor de desafiar a aquel “baja de ahí, que te vas a matar” incrustado por nuestra educación del miedo? Por supuesto que no. ¡Y qué bien nos lo pasamos con el palo! El punto y final de la jornada física.

A nadie le quedó ninguna duda de que una buena ducha después de tanto movimiento sienta genial. Pero quedaba algo mejor. Habíamos pasado todo un día de movimiento a base de algo melón, uvas y coco. Y recuperábamos una sensación perdida: hambre de la buena. Comer con hambre es una gran terapia, tanto para nuestro cuerpo como para nuestra mente. Una cena con hambre sienta mejor y sabe mejor. Una vez más, la cocina de la Manada no defraudó. Todo delicioso.

Después de otro buen rato de coloquio, llegaba el momento de la fiesta. Aquí es obligatorio hacer una mención especial a dos personas. La primera a Pedro, el más joven del grupo –16 añitos–, que nos dio una verdadera lección a unos cuantos aficionadillos de lo que significa realmente “tocar la guitarra”. Y la segunda, no menos merecida, a Javi, el artista de la Manada, un showman de pies a cabeza capaz de estimularte durante cuatro horas para que no dejes de cantar y, sobre todo, de reír hasta que te caigan lagrimones por la cara. ¡Qué bien lo pasamos!

Son las 2 de la mañana del domingo. Nos hemos pasado la sincronización con el ciclo circadiano por el forro, pero ha valido la pena. A dormir.

El domingo, planificado como más calmado, no fue menos intenso. Tenía que llegar sobre las 10 de la mañana, pero el invitado estrella del día ya estaba allí a las 8. Pau Oller, un maestro de maestros en salud y bienestar –y todavía más en humildad–, nos ofreció la mejor síntesis a la que he asistido de lo que significa salud evolutiva, coherencia y moderación dogmática. No hay mucho más que añadir, aparte de una gratitud infinita. Pau está a punto de abrir una clínica especializada en patología respiratoria y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para sacar tiempo y poder acompañarnos. ¡Gracias!

Y después de una mañana más que fructífera, con algún que otro debate espiritual que creo que nos enriqueció muchísimo a cada uno de nosotros –a pesar de la diversidad de opiniones–, llegaba la hora de despedirse.

La despedida fue el reflejo de lo bien que nos lo habíamos pasado, de lo mucho que habíamos disfrutado… ¡Más de una hora despidiéndonos!

Y mientras tanto, mis comentarios por lo bajini con la Manada –Javi, Juli, Albert y Marta– se resumían y repetían en dos palabras: “habrán más, habrán más, habrán más…”.

Éste es el relato en superfície de lo que ocurrió este pasado fin de semana.

Si quieres ver fotos del fin de semana, sigue estos enlaces:

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https://www.facebook.com/media/set/?set=a.540336916047339.1073741832.306818929399140

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Qué sentí y qué me llevo es algo que compartiré otro día.

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