Dar sin esperar recibir

Suelo escuchar muy a menudo un consejo: “Da primero para recibir después”.

Quienes lo dan defienden que la vida te devuelve lo que tú haces, cómo te comportas, tarde o temprano.

No es que esté en total desacuerdo; creo que algo de razón llevan, aunque no como una consecución futura, sino como una consecuencia inmediata.

Aferrarse a esta creencia puede ser algo arriesgado, ya que facilita el hecho de que nuestra acción de dar sea interesada y más que altruista se torne egoísta. Esperamos que dar nos reporte un resultado, un beneficio.

Además, esa idea de dar para después recibir no tiene por qué ser algo matemático o lineal, no funciona como una regla de tres. ¿Cuántas veces hemos tenido la sensación de que damos y damos y damos y nunca recibimos?

El problema, precisamente, es que damos esperando recibir algo a cambio.

No es dar para después recibir. Ahí hay un interés, una esperanza, un deseo resultadista. Volvemos a promover y actuar en pro de la cultura del intervenir, del forzar, del calcular. Y a veces puede salirnos “muy bien” –y nuestro ego se crece–, o “muy mal” –y nos desesperamos.

Creo que el secreto está en dar sin interés alguno, dar por dar, fluir en la acción de dar, dar en el presente, aquí y ahora, dar sin esperar recibir.

Tal vez bastaría con comprender que cuando das sin esperar recibir, tú también estás recibiendo.

En el fondo, el día que das sin esperar recibir tu ego se desvanece. Ni yo doy ni tú recibes. Ni tú das ni yo recibo. Tú y yo dejan de existir. Dar y recibir se convierten en un uno.

Aquí un bonito ejemplo:

 

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