El futuro no existe

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(Como cada lunes, me gustaría aportar mi granito de arena para que el primer día de la semana sea un gran día para ti. Por eso comparto este capítulo revisado y actualizado de “Una vida sencilla”. ¡Feliz lunes!)

Nota: la reflexión original la escribí hace dos años, el 4 de noviembre de 2011. Sin embargo, es una de las pocas veces que no he tocado ni una coma, una de las pocas “comprensiones internas” que sigue intacta, una de las pocas opiniones que no creo que cambie nunca. El futuro no existe.

4 de noviembre de 2013. Se cumplen doce años.

Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después. No aprendemos nada de un día para otro, ya que un aprendizaje consta de una experiencia, un efecto, una observación, una reflexión, una asimilación, una aceptación y, finalmente, el aprendizaje en sí mismo. Sin embargo, hay días que jamás olvidaremos por la intensidad de la experiencia y consecuentemente de dicho aprendizaje.

El 4 de noviembre, pero de 2001, no aprendí nada, a la vez que empecé a aprender algo que todavía no he acabado de aprender pero que sin duda es uno de los grandes aprendizajes de mi vida: el futuro no existe.

Fue un suceso trágico, una muerte inesperada. Mi tía Mari, de 49 años –si la memoria no me falla–, hermana de mi madre, murió en un accidente de tráfico. Lo recuerdo como un golpe seco, duro, que seguramente originó decenas de aprendizajes. Si en mí fueron decenas, siendo yo sobrino, adivino que en mi tío, mis primos, mis abuelos, mi madre y mis tías fueron cientos. No sé lo que habrán aprendido ellos personalmente, individualmente, pero estoy convencido de que ese aprendizaje, que el futuro no existe, lo aprendimos todos en mayor o menor medida.

Era la primera muerte de un familiar directo a la que me enfrentaba siendo lo que se dice adulto. La teoría decía que debía haber sido uno de mis abuelos, por ejemplo. Pero no fue así. Y para dejar bien claro que cuando uno teoriza sobre la edad y la naturaleza de la vida y la muerte de una persona no hace más que perder el tiempo, antes de que pasara un año me tocaría vivir otra muerte repentina. En septiembre del año siguiente, diez meses después, Carlos, de 23 años, un amigo de la infancia y adolescencia, también moría al caer desde un balcón. Más aprendizaje.

Ante tales circunstancias, si uno se para a pensar, puede extraer infinidad de conclusiones y aprendizajes, desde los más evidentes y superficiales acerca del peligro de viajar en coche o apoyarse en la baranda de un balcón, hasta otros más existenciales como la dualidad de la vida y la muerte, la importancia de afrontar una pérdida en compañía de amigos y familiares, la necesidad del inevitable duelo, etc. Sin embargo, no sé por qué, siempre que se acercan estas fechas y pienso en ello, termino en el mismo punto: el futuro no existe.

Si además a uno le interesa el concepto del tiempo y la gestión del tripartito pasado/presente/futuro, parece ser que independientemente del tipo de estudio o filosofía que se consulte y hable sobre el tema, la conclusión final siempre deriva en que lo único verdaderamente real a lo que te puedes aferrar es al aquí y el ahora, el presente.

Está claro que tener la capacidad de pensar en pasado y en futuro es uno de los factores que nos ha hecho evolucionar. En el pasado residen la memoria y el aprendizaje, y en el futuro almacenamos nuestros proyectos y sueños.

Pero si en algo se está insistiendo últimamente es en el vicio que hemos adquirido desde pequeños, desde la peligrosa preguntita de ¿qué quieres ser de mayor?, de estar constantemente generando pensamientos, seguidos de emociones, que pertenecen a otro tiempo que no es el hoy. Aprovecho para aconsejar a cualquier menor, no importa la edad, que cuando alguien le pregunte ¿qué quieres ser de mayor? responda respetuosa y amablemente: “Disculpe, señor adulto. Creo que deberíamos empezar por saber lo que queremos hoy. ¿Usted sabe lo que quiere hoy? Porque si usted no sabe ni lo que quiere hoy, ¿por qué iba a saber yo lo que quiero de aquí a 20 años? Si quiere hacerme pensar y mantener una conversación conmigo, mejor podría decirme: Hola niño. ¿Qué quieres ser o hacer hoy mismo, de niño? Muchas gracias”.

En definitiva, el conflicto que genera este comportamiento puede ser, como mínimo, arriesgado. Otra vez, tan complicada que decimos que es la vida, somos nosotros mismos los que no nos lo ponemos nada fácil cuando forzamos que nuestro cuerpo intente vivir aquí y ahora mientras nuestra mente cavila allí y no se sabe cuándo.

Centrándome en el futuro y simplificando al máximo el mensaje de este post, afirmo:todos los pensamientos que residen en nuestra mente conjugados en futuro son irreales, pura imaginación. No sabemos absolutamente nada acerca del mañana y afortunadamente jamás lo conseguiremos con una garantía del 100%, con un margen de error 0. ¿Dónde estaría la magia de la vida? Cualquier estimación como mucho será una aproximación. El futuro es impredecible.

Mi propuesta para una vida sencilla: utilzar menos el futuro.

Porque en el futuro habitan nuestros miedos e inseguridades, la mayor parte de veces disimulados por un condicional, y además no sólo hacia nosotros mismos, como si no tuviéramos suficiente, sino preocupándonos por los demás. ¿Y si me echan del trabajo? ¿Y si no le gusta la comida a Pepito? ¿Y si me duele la cabeza? ¿Y si mi engordo 100g.? ¿Y si hace frío?

Porque nuestras ocupaciones diarias tienen su razón de ser en un resultado futuro. Vamos al colegio no para jugar y disfrutar, sino pendientes de lo que queremos ser de mayores. Estudiamos no por el placer de conocer sino para ser alguien importante y con éxito de aquí a un tiempo. Firmamos hipotecas soñando con poseer un piso de aquí a 35 años. Empezamos el lunes pensando en el viernes y el otoño pensando en la primavera. Acabamos las vacaciones planificando las próximas. Abrimos planes de pensiones a los 30 pensando en la jubilación de los 70. Dejamos de comer porquería para conseguir perder 15 kilos en 4 meses y no porque nos sienta mejor hoy mismo. Salimos a correr para rebajar nuestra marca personal de cara al año que viene y no por disfrutar simplemente de ese ratito de juego.

Y el porqué más doloroso de todos. Porque fantaseamos con una vida rodeados por todos nuestros seres queridos, otorgándoles un papel muy concreto en nuestra vida, a menudo calificado de indispensable. En mi caso, podría cerrar los ojos y verme con 70 años, mi mujer a mi lado, con mis padres centenarios y mi hermana, cuatro hijos, todos casados y sanos, y 8 nietos jugando con los nietos de mis amigos y mis sobrinos, todos juntos, en el huerto de detrás de casa.

Demasiado suponer. Ya sea con nuestros proyectos o con las personas que nos rodean, deberíamos ser más prudentes y conscientes del peligro de aferrarse al futuro. Más de una vez cada uno de nosotros hemos sido testigos de las innumerables sorpresas e imprevistos que nos depara la vida todos los días. ¿Por qué seguir basando nuestra vida en algo que no existe? Demasiada imaginación.

Por supuesto que uno de los grandes motores de nuestra vida son los sueños. Yo también los tengo. Pero no me los creo, sencillamente los uso como referencia y trabajo sobre ellos. Yo lo reconozco, sueño con esa vida que comentaba antes, pero ni mucho menos me aferro a ella. No sé nada. No sé si estaré. No sé si mi mujer estará, por el motivo que sea –no hace falta que sea porque ya no viva. No sé si tendré hijos ni cuántos tendré. Y aún así, sé que siempre podré ser feliz, pase lo que pase.

Proponía utilizar menos el futuro. ¿Y eso cómo se hace? Da para mucho y supongo que en futuros posts –digo supongo porque no lo sé– plantearé algunas ideas al respecto. Para ser prácticos, de momento, empezaré por desterrar de mi lenguaje palabrejas como objetivo, resultado, meta, planificación, temas pendientes, programación,… para dar pie a la improvisación, la incertidumbre y el disfrute del momento presente.

A partir de ahí, confianza. Porque sé que si hago a cada momento lo que me hace disfrutar, lo que me hace sentir bien, hoy seré feliz. Y mañana… mañana simplemente no lo sé. Por quinta y última vez, el futuro no existe.

Y para acabar, tomaré prestada de John Lennon su famosísima cita:

La vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes.

 

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