Pro-evolución

En todo momento dado presente, cualquiera de nosotros es el resultado de su evolución, de su pasado.

La herencia evolutiva

Por un lado, una persona es lo que es y es como es debido a su herencia evolutiva, genética, ancestral, una “pre-historia” invariable que no se puede modificar.

Gracias a disciplinas como la fisiología, la biología y la psicología evolucionistas, la sociobiología y la neurociencia, sabemos que gran parte de nuestra forma de ser, relacionarnos, interactuar y adaptarnos al medio tiene un porqué y un sentido evolutivos.

La disposición del esqueleto que nos define como cuerpo, los diferentes músculos que nos sostienen y mueven, los órganos que gestionan los sistemas de obtención y gasto de energía, el sistema nervioso que regula todas nuestras funciones en base a lo que percibe tanto desde dentro como desde fuera de nuestro organismo, incluso nuestra capacidad de pensar y sentir, todo ello es el fruto de nuestra historia biológica. Durante millones de años, la interacción de nuestros antepasados con el medio ambiente ha forjado lo que hoy somos.

En este sentido, también es importante recalcar el peso que ejerce la evolución biológica en nuestro bienestar y, sobre todo, en nuestro malestar, en la enfermedad. Como describe en su libro El mono estresado el Dr. Campillo Álvarez, catedrático en Fisiología en la Universidad de Extremadura, “desde el punto de vista de la medicina evolucionista, muchas de las enfermedades que nos afligen a los seres humanos –en especial a los que habitamos sociedades desarrolladas y opulentas– son consecuencia de la discrepancia entre el diseño evolutivo de nuestro organismo y el uso que de él hacemos”.

El aprendizaje adaptativo

Por otro lado, una persona es lo que es y es como es debido a su biografía adquirida, epigenética, ambiental, un compendio infinito de factores que moldea de manera adaptativa las bases evolutivas heredadas genéticamente y ejerce cierta influencia, limitada, en cómo se expresan esos genes.

Este cúmulo de factores, la epigenética, comprende todos los estímulos que recibe una persona a partir del mismo instante en que el espermatozoide y el óvulo se fusionan, cuando un nuevo ser, que pronto se convertirá en dicha persona, empieza a aprender y adaptarse a su medio ambiente, en primer lugar de forma totalmente dependiente, en la placenta de la madre –que juega un papel fundamental no solo en su desarrollo estructural, sino también en la programación de sus sistemas nervioso e inmunitario–, y desde el nacimiento, gradualmente, de manera independiente según su exposición a diferentes contextos, algunos externos, como son el propio entorno, la alimentación, el movimiento, las relaciones sociales, la educación y la cultura, y otros internos, los propios procesos fisiológicos y psicológicos, emociones y pensamientos incluidos.

Con todo, es importante darse cuenta de que la evolución es un proceso que no tiene fin. Gracias a estas adaptaciones constantes al medio impermanente, que cambia sin cesar, nosotros también cambiamos, por lo que volvemos a cambiar nuestro entorno, y por lo que necesitaremos volver a adaptarnos. La evolución es un bucle infinito.

En resumen, en cualquier instante de su vida una persona es la suma de su huella genética, heredada e invariable, y de su biografía epigenética, adquirida, aprendida y cambiante, ese algo que volverá a moldear su realidad genética y que, lejos de representar una estructura, debería contemplarse mejor como un proceso, la propia vida de dicha persona, día a día.

En realidad, este hecho no nos diferencia del resto de organismos vivos. Todos, sin excepción, respondemos a las mismas leyes de la evolución, las descritas por Darwin.

Lo que nos hace humanos

Entonces, la diferencia principal entre el resto de seres vivos y nosotros no radica en la aplicación de esas leyes, iguales para todos, incluyendo los intelectualmente más evolucionados –como los grandes primates, los delfines y los elefantes–, sino que la encontramos en el gran desarrollo de nuestra conciencia y habilidad de razonar, que implican una notable capacidad de utilizar los aprendizajes pasados para predecir situaciones futuras –siempre en base a lo aprendido, claro.

Esta circunstancia se ha convertido en un arma de doble filo.

Si lo miramos desde una perspectiva, digamos, positiva, tales aptitudes han hecho posible que nos adaptemos como ningún otro ser vivo a la incertidumbre del futuro, especialmente primero desde el descubrimiento del fuego, y más tarde a partir del denominado dominio ecológico que se dio durante la transición del paleolítico al neolítico, gracias a la gran revolución tecnológica que representaron primero la agricultura y algo más tarde la ganadería.

Unos diez mil años después, hoy día vivimos en la era de la abundancia, con un sobrestock de comida y energía probablemente desmesurado, además de muy novedoso para nuestra mente de mono, y jugando a prever lo que ocurrirá ya no el año que viene o el siguiente, sino en veinte, treinta o cien años –cenit del petróleo, cambio climático, esperanza de vida, colonización extraterrestre, etc.

Ahora bien, dada la dualidad de todo lo material, este hecho conlleva un lado oscuro, y esa capacidad que tenemos de imaginar realidades y experimentarlas mentalmente como ciertas nos puede jugar muy malas pasadas, haciéndonos caer en estados de malestar, depresión, desmotivación, enfermedad.

Una oportunidad única

Sea como sea, esa capacidad que nos ha regalado la evolución nos pone en bandeja una posibilidad que jamás se había dado en la historia de la vida. Paralelamente al desarrollo de la conciencia y las habilidades intelectuales, también ha ido creciendo nuestra capacidad de proyectar, de determinar nuestras acciones en pro de un futuro que esperamos se cumpla. Y eso, guste o no, es uno de los puntales de nuestro bienestar –como suele recordar el divulgador Eduard Punset, “la felicidad se encuentra en la antesala de la felicidad”.

Esta capacidad de proyección seguramente es el más reciente de nuestros logros evolutivos, como decía, consecuencia del desarrollo de la conciencia y el lenguaje verbal. Por tanto, el peso que ejerce en nuestro bienestar desde un punto de vista evolutivo probablemente es menor que otras necesidades biológicas mucho más básicas, primarias, como respirar, beber, comer, dormir, tener realciones sexuales, socializarnos o exponernos a la luz del sol.

De hecho, es algo tan nuevo para nosotros que todavía no somos muy hábiles en este juego de proyectar. Nuestras estimaciones sobre el futuro son bastante imprecisas –proporcionalmente a lo distantes que nos situamos del momento presente–, a menudo somos esclavos de expectativas demasiado lejanas a la realidad y, sobre todo, con mucha frecuencia somos víctimas de innumerables miedos imaginarios, estamos obsesionados con prever todos y cada uno de los peligros e imprevistos que nos podemos encontrar a medio y largo plazo.

En cualquier caso, nuestra realidad evolutiva es la que es y tiene un sentido, una razón de ser. Si no fuera así, si esas capacidades no fueran funcionales, útiles para la vida, la misma evolución nos habría extinguido hace tiempo –reaccionando en base a una mera cuestión de economía y ecología energética.

¿Evolucionar o pro-evolucionar?

En fin… Creo que la humanidad, hoy día, cada hombre uno por uno, se encuentra ante un gran dilema: seguir evolucionando, abandonándose a la aleatoriedad de la fortuna y el destino, o utilizar sus capacidades conscientes para pro-evolucionar, para proyectar su evolución, ejercitando dichas capacidades, como la propia conciencia y la voluntad, irrisorias y prácticamente impotentes respecto al poder de la suerte y la enorme influencia de la herencia evolutiva, inconsciente, pero existentes gracias a un algo todavía inexplicable, aunque, sea como sea, reales.

Una vez alcanzado este nivel de conciencia, y sabiendo y aceptando las significativas limitaciones de la conciencia y la voluntad y el gran poder de la herencia evolutiva y el inconsciente, uno puede elegir pro-evolucionar no a largo plazo, algo demasiado incierto, sino día a día.

Y esa pro-evolución significa dar un paso más en la determinación de nuestras acciones.

Vivir luchando y huyendo, o vivir creando y compartiendo

Desde un punto de vista evolutivo, aunque han habido excepciones, en la gran mayoría de ocasiones el ser humano ha afrontado sus conflictos y tomado sus decisiones desde el miedo, poniendo en marcha la reacción en cadena de lucha o huída, algo que en otros contextos de carencia, totalmente opuestos al marco actual, seguro que fue muy útil para su supervivencia y, en consecuencia, su bienestar.

Ahora, la pro-evolución no puede basarse en el miedo, y nuestra respuesta adaptativa a lo que nos vamos encontrando por la vida no puede simplificarse redundantemente en seguir luchando o seguir huyendo. ¿Luchando contra qué? ¿Huyendo de quién? Actualmente el contexto externo ha cambiado de forma tan radical que, desde mi punto de vista, ese comportamiento adaptativo ha perdido todo su sentido evolutivo. Parafraseando al maestro Yoda:

“El miedo es el camino hacia el lado oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento”.

La pro-evolución requiere de un cambio de motor, de motivación: el amor.

Y así, el hombre pro-evolutivo deja de sufrir, de huir, de enfrentarse, de temblar, de evadirse, de destruir, de esconderse, para satisfacer su necesidad evolutiva más reciente y desarrollarla, la de ser consciente, aceptar, realizarse, proyectar, crear y, por encima de todo, compartir.

Es decir, amar.

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