Hay algo mejor que el placebo del pensamiento, y también es gratis

(Dedicado con todo mi amor, respeto y cariño a todo aquel que medita, recita mantras, intenta “creer” y espera que pase algo. Las tres primeras las recomiendo y las hago todos los días, pero la cuarta…)

Por norma general, aunque hay excepciones, los estudios acerca de los efectos y la eficacia de un fármaco se realizan a doble ciego –ni paciente ni médico saben qué se está tomando el primero– comparándolos con un placebo. Es decir, el médico trata al paciente prescribiéndole algo que ni él ni el paciente saben si es un medicamento o una pastillita de azúcar. El paciente sigue el tratamiento y al finalizarlo se comparan los resultados de todos aquellos que tomaron el medicamento con los que tomaron azúcar.

Según lo que voy viendo por la red –qué poco rigor, Robert… ¿y las referencias?–, gracias no a mi conocimiento del tema –nulo– sino a lo que comparten la gente que sí está muy metida en el tema, como @_muscleblog, @JuanGrvas o @jose_valdecasas, así como después de leer Medicamentos que matan y crimen organizado, aquel esclarecedor libro de Peter Gotzsche que reseñé aquí, los números cada vez tienden más hacia una conclusión: el placebo gana por goleada.

De hecho, el propio Muscleblog lo explica de maravilla en su artículo El fraude de los fármacos antidepresivos:

“La gente experimenta mejoría por el simple hecho de ser atendido. Esto es lo que comúnmente se conoce como efectos placebo. Estamos profundamente influidos por el significado cultural y por el contexto biomédico y científico de la salud, y la simple exposición a sus manifestaciones estéticas, independientemente de su efecto biológico, tiene efectos terapéuticos sobre la salud. Mientras más medicalizado, científico e invasivo sea el contexto, mayor respuesta placebo. En estudios administrando placebos sin actividad farmacológica, se ha demostrado que tomar una pastilla grande es más efectivo que tomar una pastilla pequeña, tomar varias pastillas es más efectivo que tomar solo una, tomar una píldora es más efectivo que tomar una pastilla, una inyección es más efectiva que una pastilla, una pastilla con un precio marcado de 1,50 es más efectiva que la misma pastilla marcando 0,10, una pastilla en su caja de colores es más efectiva que la misma pastilla en una caja sin marca, y si se administra un analgésico sin decírselo al paciente, éste mejora menos que si le decimos que le vamos a administrar un analgésico.”

El caso es que tal es el alcance de esta gran noticia que no han tardado mucho algunos periodistas y gurús en subirse al carro de “el poder de la mente”, o de las creencias, o del positivismo forzado. Basta con repetir y repetir y repetir mentalmente que todo irá bien, que uno se curará. Uno solo debe convencerse de ello hasta (creer) que uno cree en ello, y ¡magia potagia!

Y éste es justo el momento en que un servidor se ve obligado a señalar un par de objeciones.

El placebo no es pensamiento

Primero, la vida ocurre aquí fuera, en el mundo material. De hecho, si nos ponemos un poco rigurosos, no mucho, deberíamos tener en cuenta que eso que es la mente y blablabla también es algo material, aunque esté por ahí dentro y no se vea, mayormente situado dentro del cráneo en forma de cerebro. Del efecto placebo del pensamiento consciente no duda nadie, y mucho menos yo. Pero, como anuncia el subtítulo de este blog, con procesar la información mentalmente –conciencia y aceptación– no basta. Falta un paso, la realización, o materialización, o cristalización… en fin, la acción.

Y segundo, una extensión de lo anterior, algo de lo que tampoco nadie duda, y mucho menos yo, es del poder del lenguaje, el canal de transmisión simbólico y muy limitado de la conciencia y la razón. Pero deberíamos tener en cuenta un “pequeño” detalle del efecto placebo. Y es que cuando lo experimentamos de verdad, por ejemplo cuando un médico nos atiende y nos hace pasar por infinidad de pruebas, cuidados y tratamientos, aunque sean “falsos”, el lenguaje verbal prácticamente no está interviniendo por ningún lado, sobre todo si lo comparamos con el lenguaje no verbal y simbólico de la propia atención y toda la experiencia de pruebas, controles, pastillas, etc. Nadie nos convence racional o verbalmente de nada. Es el proceso experimentado en sí mismo y todas las acciones simbólicas que lo conforman los que, a nivel inconsciente, véte a saber cómo –y no se puede explicar precisamente por eso, porque es inconsciente–, nos hacen “creer” que nos cuidamos y nos curamos, y así finalmente nos curamos.

El placebo del bueno

Ante tal situación sólo me queda recomendar dos alternativas, u opciones, o apuestas experimentales.

1. Seguir por la vía simbólica, pero simbólica de verdad. El lenguaje o, mejor dicho, la lingüística tiene cierto poder simbólico, pero muy limitado; jamás alcanzará a describir y mucho menos construir una realidad compleja y completa. Es mucho más poderoso y genera muchísimo más efecto placebo un acto, la acción pura y dura, que no sólo abarca lo que piensas o lo que dices, sino lo que haces, probablemente lo que sientes –¡ojo!, no lo que “piensas que sientes”–, y sobre todo lo que eres. En este sentido recomiendo investigar sobre psicología simbólica y leer a Carl G. Jung o Alejandro Jodorowsky, por ejemplo.

Y 2. Más allá de prácticas simbólicas, aconsejo hacer cosas lógicas, serias y fiables, es decir, vivir la vida plenamente y pasar de placebos y otras historias. O sea, automedicarse gratuitamente con ciertas píldoras de acción diarias, como puede ser:

  • Tomarse la vida con calma. Dejar a un lado las prisas y las neurosis cotidianas.
  • Moverse todos los días, con frecuencia.
  • Relacionarse con los demás, tener amigos.
  • Alimentarse con comida real, y no con basura.
  • Participar activamente en la sociedad y hacer cosas para el bienestar de uno mismo y de los demás.
  • Disfrutar del aire libre y tomar el sol a diario.
  • Gozar de un descanso de calidad, de noche, sin luz ni ruidos.

Estos placebos, o estos placeres, son acciones y son gratuitos. De veras, y me atrevo a decirlo sin estudios ni leches, no hay nada más efectivo.

Resumiendo, hay algo mejor que el placebo del pensamiento: ¡el placebo de la acción!

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