Categorías: Estilo de vida

“No tengo tiempo”, la otra gran excusa

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Hace un par de días hablaba de la excusa del dinero como justificación para no invertir ni un sólo euro en tu salud, y creo que, dentro de las posibilidades reales de cada uno, quedó bastante claro que es muy diferente e igualmente afirmar “no tengo dinero” a decir “sí tengo dinero, pero prefiero gastarlo o invertirlo en otras cosas”. A partir de ahí, desde la respetable y respetada libertad de elección de cada uno, aquello en que generalmente gastamos nuestro dinero puede ser más o menos beneficioso para nuestra salud, siendo lo más incoherente en este sentido invertirlo en hábitos como fumar, consumir comida basura o utilizar el automóvil en vez de caminar.

Si aquella era una gran excusa, hay otra que la supera. No tengo tiempo

Y de nuevo podemos hacernos la misma pregunta a nosotros mismos pero esta vez refiriéndonos al tiempo, para después contestar con sinceridad -¿de qué sirve engañarse a uno mismo?-

“¿No tengo tiempo? ¿O más bien tengo el mismo tiempo que todo el mundo -24 horas- pero prefiero dedicarlo a otras cosas?”

Nadie tiene tiempo para salir a caminar o cocinar su propia comida, pero todo el mundo tiene tiempo para estar sentado en un atasco o ver la televisión. En realidad no son más que elecciones. Como dice mi amiga Ana de Fácil de digerir, no son las circunstancias las que determinan tu calidad de vida, sino tus decisiones.

Para dejarlo más claro hoy comparto contigo un artículo que escribí hace un tiempo para una vida sencilla. El título del post era “¿No tengo tiempo? ¿O falta de amor?”, donde reflexiono acerca de la relación entre nuestra dedicación de tiempo y nuestra autoestima, especialmente. Para adaptar mejor el texto a lo que nos incumbe en este blog, sugiero sustituir en cada una de sus apariciones la palabra felicidad por salud.

¿No tengo tiempo? ¿O falta de amor?

“No tengo tiempo” debe ser la excusa más utilizada de las últimas décadas. O lo que es lo mismo, la mayor mentira. En un mundo en el que aparentemente todo pasa cada vez más deprisa -digo aparentemente porque los minutos siguen durando lo mismo-, nadie parece tener tiempo para lo que es importante, para las pequeñas cosas que nos dan lo que todo el mundo busca y poca gente parece encontrar. Cómo no, hablo de la felicidad. O sea que, en este momento de crisis social -además de económica-, lo peor que nos está pasando es que no somos felices. Bueno, eso no es lo peor. Lo más negativo de todo es que estamos convencidos de que no tenemos tiempo para ser felices. Interesante… Quiero leer más »


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¿Pones excusas económicas para descuidar tu salud?

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Hago un breve parón en esto del estilo de vida paleolítico para hacerte una pregunta directa que en más de una ocasión ya me he hecho a mí mismo -es una costumbre que cogí hace tiempo; antes de preguntar algo en plan “lección” pregúntatelo a ti mismo-.

Tal vez tampoco es el mejor momento para hacerla, ya que sé de buena tinta -como todos- que hay muchas personas que lo están pasando realmente mal a causa de esta crisis y que probablemente ahora mismo no tengan la posibilidad de plantearse el elegir en qué se gastan su dinero, sino que éste va directamente a lo que es verdaderamente esencial, como puede ser comer -lo que sea- y tener abrigo y cobijo. Mi mensaje de hoy va para todos los demás, y siempre por delante aclarando que ya hace mucho tiempo que dejé de juzgar la actuación de los demás y que cualquier opción es respetable. Es decir, cada cual hace lo que quiere con su vida, y en el caso de hoy, con su dinero. Como siempre, sólo pretendo ayudar a los que quizás sean esclavos de sus creencias y patrones de conducta autodestructivos.

Dicho esto, vamos al grano.

Ya son casi 10 años de experiencia y seguramente miles de conversaciones hablando de salud, ejercicio físico, dietas, tratamientos,… Es curioso como las personas nos resistimos al cambio constantemente, especialmente cuando requiere de responsabilidad propia -i.e. siempre-, y es algo que nos da tanto miedo que nos escondemos detrás de excusas y justificaciones de lo más típicas. Lo que “cuesta” la salud es una de ellas.

  • No voy al gimnasio porque es muy caro.
  • No pienso gastarme ese dineral en comida ecológica/biológica. Eso es una estafa.
  • ¿Cómo voy a gastarme tanto dinero en unas zapatillas de deporte o en un colchón?
  • Ni de broma le pago eso al osteópata, fisioterapeuta, entrenador personal, masajista, curandero, etc. Interesante… Quiero leer más »

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¿Cambiar un hábito o rebobinar 10.000 días?

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Hace unos días disfrutaba de una excursión con Xavi, fisioterapeuta y entrenador personal de Terrassa, mientras hablábamos de la dependencia de comer dulces, bollería, chocolate, etc. Todos somos humanos, todos aprendemos para después desaprender – si nos atrevemos-, y todos hemos sido educados en la cultura de la glotonería, el excedente energético, la dieta mediterránea rica en azúcares y cereales, y el comer de más -hiperfagia-, algo de lo que muy pronto hablaré. En este sentido, ni Xavi ni yo somos una excepción.

Podía haber sido yo mismo, pero esta vez era él, aunque practique la Paleodieta y el Intermittent Fasting desde hace unos meses, quien confesaba todavía no haber podido renunciar a su porción diaria de chocolate y lo difícil que se le estaba haciendo dar el paso definitivo para lograrlo, a lo que yo contesté “Es normal Xavi, han sido 10.000 días”. Fue un cálculo rápido y aproximado. Hoy ya sé que son más o menos 10.950 días, sus 30 años de vida, todos los días de su vida en los que probablemente ha comido algo de chocolate -seguramente exceptuando los primeros meses de vida-. Dejando aparte lo beneficioso o perjudicial de comer chocolate, ¿cómo dejar de hacer algo que vienes repitiendo durante tanto tiempo?

Más allá de la dependencia neuroquímica bastante común -o lo que es lo mismo, adicción- a los dulces y alimentos ricos en hidratos de carbono, hoy quiero reflexionar sobre el trabajo que requiere cambiar un hábito, algo tan sencillo como comprender que lo que has hecho durante 10.000 días no lo vas a cambiar en 2. Si has llegado a este blog es porque no acabas de estar convencido de que tu estilo de vida, tu alimentación o tu práctica de ejercicio físico sean del todo adecuados, así que sospecho que ya sabes que, como dijo Einstein, si quieres resultados distintos vas a tener que hacer cosas distintas, es decir, cambiar tus costumbres. Interesante… Quiero leer más »


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Hablando de una vida natural, ¿desconectamos o reconectamos?

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Reedición del post original de una vida sencilla.

¿Cuántos de nosotros no habremos dicho en más de una ocasión eso de “Este fin de semana me marcho fuera, al campo, a desconectar”? Y es que desconectar ha tomado un nuevo significado para el hombre, como si de una máquina enchufada a una toma de corriente se tratara. Tal vez, en cierto sentido, el hombre viva conectado permanentemente a una especie de hipergenerador de corriente contínua en forma de prisa, ruido y estrés, la mayor parte del tiempo de intensidad mucho mayor a la que el propio hombre puede soportar. No debemos olvidar que el hombre no deja de ser una agrupación de moléculas que interactúan entre ellas mediante corrientes eléctricas. ¿Qué le puede llegar a pasar si esa corriente se ve incrementada de manera constante? A la vista están las consecuencias.

Sobrecargados, nos encanta pensar en la idea de desconectar durante unos días -no suelen ser más de tres-. Correos, banners y newsletters nos bombardean semanalmente con ofertas de escapadas de fin de semana. En sí, el nombre de la oferta ya me da yuyu. ¿Escapada? ¿De qué tengo que escapar? ¿Vivo preso? Preocupante…

Si no recibimos ninguna, somos nosotros mismos los que chafardeamos de vez en cuando webs de viajes y ocio en busca de nuestro sueño de paz y tranquilidad. Lógicamente, muy pocos se pueden permitir el lujo de escapar todos los fines de semana, tanto por el dinero que supone como por el estrés que conlleva salir de la ciudad para un corto fin de semana -caravanas, horarios, prisas-, corriendo el riesgo de conectarnos todavía más, en vez de desconectar. Casi que no vale la pena. Total, que escapadas provechosas, con suerte, una al año.

Finalmente, siempre nos queda colocar unas impresionantes montañas nevadas, una interminable cascada o una playa paradisíaca como fondo de escritorio. Entre ventana y ventana, durante un nanosegundo, podremos sentir el aire frío, el agua salpicándonos y el picorcillo de la sal seca en nuestra piel. ¿Qué gustazo! ;-) Interesante… Quiero leer más »


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El sistema endocrino y sus hormonas, omnipresentes y omnipotentes

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Después de conocer al encargado de controlar y gestionar la información que fluye por nuestro cuerpo, el sistema nervioso, es momento de descubrir cómo trabaja el otro 50% del consejo general corporal, el sistema endocrino.

No deberíamos olvidar en ningún momento que, por mucho que nos guste dividir y analizar las partes de un todo, el cuerpo humano conforma una unidad funcional. De todos modos, cada vez son más las divisiones, sistemas y subsistemas en los que dividimos nuestro organismo, tales como el sistema digestivo, el sistema reproductivo, el sistema nervioso central, etc.  Todos ellos se caracterizan o bien por localizarse en lugares muy concretos de nuestro cuerpo o bien por tener un inicio y final bastante definidos, como pueden ser la boca y el ano en el caso del digestivo.

En cambio, si existe un sistema que refleja la compleja globalidad del cuerpo humano y la dependencia multifactorial del funcionamiento de éste, ése es el sistema endocrino, el cual, como buen director, está en todo el cuerpo. Incluso me atrevería a decir que el sistema endocrino es todo el cuerpo, conformando junto con el sistema nervioso el binomio funcional más importante de nuestro organismo. Si el sistema nervioso se encargaba de recibir y emitir señales eléctricas, el sistema endocrino controla y regula prácticamente todas las señales químicas que circulan por el cuerpo a través de la detección y secreción de unas sustancias muy especiales, las hormonas.

¿Cómo es posible que el sistema endocrino esté en todo el cuerpo?

El sistema endocrino está formado por una serie de glándulas distribuidas básicamente entre la cabeza, el cuello y el tronco. Las más conocidas son el hipotálamo, las tiroides o las suprarrenales, pero también se secretan hormonas desde otras glándulas secundarias menos conocidas situadas en el resto de órganos del cuerpo. De ese modo, no sólo las glándulas principales intercambian hormonas entre ellas mismas y el sistema nervioso a través del torrente sanguíneo, las cuales estimularán o inhibirán ciertas actividades y funciones metabólicas, sino que también participan en este juego tan complejo órganos como el corazón, los riñones, el hígado o la propia piel.

Entre estas glándulas menos conocidas, quiero hacer mención especial a la glándula endocrina que representa mayor volumen en nuestro cuerpo. ¿Sabes cuál es? Es el tejido adiposo formado por los adipocitos, es decir, la grasa que almacenamos en nuestro cuerpo, la cual es la principal secretora del organismo de la hormona leptina, encargada de informar sobre los niveles de grasa de nuestro cuerpo y de esa manera participar junto con la hormona grelina en la regulación del apetito y de la actividad metabólica. Si estás preocupado por el sobrepeso o los niveles de triglicéridos de tu organismo deberías conocer en profundidad cómo trabaja esta glándula -yo te ayudaré muy pronto-.

¿Entiendes ahora por qué el sistema endocrino es todo el cuerpo?

La omnipotencia del sistema endocrino

Todo lo que hacemos, absolutamente todo tiene influencia sobre el sistema endocrino y la secreción de hormonas. Del mismo modo que ocurría con su compañero de trabajo, el sistema nervioso, lo que comemos, dormimos, nos movemos, pensamos, sentimos y nos estresamos interviene en su funcionamiento, especialmente debido a su omnipresencia. Insisto, está en todas partes.

Y dicha omnipresencia se traduce en omnipotencia, ya que el metabolismo estimulado o inhibido por parte del sistema endocrino es un ciclo continuo interdependiente e interactivo entre todos los tejidos, glándulas y órganos del cuerpo humano. Todo está relacionado y en permanente comunicación.

Un ejemplo de la enorme influencia que ejerce el sistema endocrino sobre nuestro cuerpo podría ser el simple hecho de que si mientras dormimos nos iluminan un pie -¡sólo un pie!- se pone en marcha toda una respuesta metabólica a partir de la cual nuestra piel percibe los fotones de la luz, informa al sistema nervioso, dejamos de secretar melatonina -la hormona regeneradora que secretamos durante el sueño-, aumentamos la secreción de cortisol -la hormona del estrés-, la cual demanda el incremento de nuestros niveles de glucosa en sangre, interrumpe nuestro descanso, vacía nuestros depósitos de glucógeno -energía-, y finalmente nos hace despertar con hambre y antojo, especialmente de alimentos ricos en almidón -dulces-. Tal vez esta es la clave por la que necesitas desayunar nada más levantarte ;-)

¡Esto es una gran noticia!

¡Sí, lo es! Porque al contrario de lo que la mayoría de gente cree, piensa y hace, abogando por la justificación y responsabilidad hormonal de todos sus males y enfermedades, la omnipresencia y omnipotencia del sistema endocrino no es más que otro as en la manga a tu favor para influir y decidir quién quieres ser -te recomiendo repasar el artículo Eres lo que quieres ser-.

Tú tienes la posibilidad de modificar el comportamiento de tu sistema endocrino siempre que quieras. Tú eres el responsable de lo que comes, lo que sientes, lo que te mueves, lo que piensas, lo que duermes,…

Tú y tus hábitos sois los dueños de tu cuerpo :-)


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