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Ésta es la realidad que escogimos hace algo más de 100 siglos.
Fue hace 10.000 años cuando, gracias a la primera revolución agrícola, el hombre decidió abandonar las cavernas. Hoy, después de otras muchas revoluciones tecnológicas, el hombre se ha convertido en un animal urbano. En muy poco tiempo hemos pasado de trasnochar en una cueva y formar parte de una tribu de no más de 150 individuos, a vivir en grandes ciudades habitadas por millones de personas y permanecer potencialmente conectados con otros cientos de millones de ellas en el mundo 2.0. A su vez, ya no vivimos permanentemente centrados en un único objetivo hoy día garantizado -aparentemente-, sobrevivir, sino que desde hace no mucho más de 600 años nos estamos empezando a plantear seriamente un nuevo propósito de vida, ser felices. Tal vez los griegos empezaron a pensar sobre ello mucho antes, pero fue a partir del Humanismo que el hombre se dió cuenta de que la vida podía ser algo más que perpetuar la especie humana.
La vida cotidiana de una persona ha cambiado completamente. Un día cualquiera de un hombre de las cavernas seguramente no tenía nada que ver con el de un ciudadano de nuestros días. Antes bastaba con cazar y no ser cazado, procrear, alimentar a las crías, garantizar su supervivencia y, el resto del tiempo, contemplar. Todos sabemos como es la vida hoy, así que sólo quiero recalcar una cosa. Nuestra vida ha cambiado tanto que hoy no sabemos contemplar, no hacer nada, algo que el cavernícola hacía durante horas, y algo que llama mucho mi atención.
Muchos cambios en nuestro estilo de vida. Sin embargo, nuestro genoma no se diferencia prácticamente en nada respecto al de aquel homo.
Entonces, ¿seguro que desde un punto de vista biológico hemos cambiado tanto? ¿No estaremos llevando la contraria a nuestra naturaleza en diversos ámbitos? Por supuesto que ha habido una evolución, y así seguirá siendo. La vida es aprendizaje y cambio constante, es decir, adaptación. Pero ¿puede ser que uno de los orígenes de la enfermedad y la infelicidad sea intentar cambiar nuestro entorno y nuestro ADN más rápido de lo que nuestro organismo y el medio ambiente pueden asimilar?
Sea como sea, más rápidos o más lentos, los cambios están ahí y ese proceso de adaptación, imposible de detener, sigue en marcha.
Desde Escucha tu cuerpo y concretamente desde esta página, De la caverna a la urbe, pretendo analizar esos cambios que hemos llevado a cabo, cuán necesarios son, cuáles podemos mantener, cuáles debemos corregir y cómo podemos conseguirlo para llevar una vida más equilibrada y coherente con nuestra naturaleza, dentro de un marco evolutivo razonable -no se trata de volver a conquistar el mundo subterráneo-.
A nivel práctico, la mayoría de artículos publicados serán reflexiones, propuestas y alternativas a nuestro estilo de vida actual, donde priman las prisas, el miedo, el estrés, el deseo material, la agenda repleta de compromisos,… En la búsqueda de nuestro bienestar global, no sólo basta con hacer un poco de ejercicio y comer adecuadamente. También cobrarán vital importancia nuestro sueño y descanso, nuestra higiene, nuestra inteligencia emocional, nuestro compromiso con el medio ambiente, nuestra gestión del día a día, etc.
Para muchos de nosotros esto comportará un cambio de nuestro estilo de vida y en nuestra mentalidad.
Puedes encontrar todos los artículos relacionados con ese viaje, de la caverna a la urbe, en la categoría Estilo de vida.






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