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¿Qué es la felicidad? (3) La felicidad no es ni sensación, ni emoción, ni pensamiento

(Este post es la tercera parte de una serie de 5, por eso puede parecer incompleto. Antes, te invito a leer la primera parte y la segunda parte)

La felicidad trasciende a lo sensorial, emocional y racional.

La felicidad no se percibe. No es un olor, un sabor, una caricia. No es placer. No es una sensación.

La felicidad no se siente. No es alegría, dicha, euforia. No es una emoción.

La felicidad no se piensa. No es pensarse razonable y razonadamente contento o satisfecho. La felicidad no es un pensamiento.

La felicidad trasciende a toda sensación, emoción o pensamiento, aunque al mismo tiempo está interconectada con sensaciones, emociones y pensamientos, por lo que influyen indirectamente en nuestra felicidad.

Pero la felicidad no se percibe, no se siente, no se piensa.

La felicidad se experimenta.

La meditación y el mindfulness como entrenamiento

¿Vas al gimnasio? ¿Practicas algún deporte? ¿Haces ejercicio? ¿Entrenas?

Si no lo haces, tranquilo, puedes entender lo que voy a decir igualmente.

Si sigues alguna pauta de entrenamiento, lo tendrás más fácil.

Sea el motivo que sea por el que haces algo de ejercicio, tienes claro cómo funciona el tema.

Tú te mueves, practicas gestos, repites ejercicios, trabajas tu técnica, te expones a un esfuerzo físico, observas cómo lo haces para hacer más eficiente el movimiento, etc. En fin, estimulas tu cuerpo de alguna forma, y lo haces a propósito, de manera consciente.

Ese estímulo pone al descubierto algunas carencias de tu cuerpo, seguramente aquellas que pretendes cambiar, y de esa forma le obligaso a adaptarse, a mejorar en el camino en que el que estés entrenando.

Es decir, cuando quieres correr más rápido o durante más tiempo, básicamente lo que haces es salir a correr, acompañando tu entrenamiento de algunos ejercicios complementarios. Cuando quieres ganar fuerza muscular, haces algo de ejercicio con pesas o con el peso de tu propio cuerpo. Cuando quieres mejorar tu movilidad, practicas algunos movimientos de yoga o realizas unos cuantos estiramientos.

En fin, quieres sentirte bien físicamente y tienes claro –y decides– encaminar tu entrenamiento físico hacia algún lugar –no entraremos en detalle de si ese lugar es más o menos saludable.

Muy bien. Supongamos que ahora quieres hacer algunos cambios en tu forma de percibir la realidad, o de sentir, o de pensar.

Te has dado cuenta de que algunos de tus comportamientos, cómo te tomas las cosas, tus reacciones emocionales, tus prejuicios, juicios y creencias, la forma en que te relacionas con los demás, etc. no te hacen sentir bien, no te ayudan demasiado a ser feliz.

¿Cómo piensas cambiarlo? ¿Crees que no se puede?

Bueno, ¿acaso tu mente no forma parte de tu cuerpo? ¿O es que está en Marte o en otro universo?

Tu mente está en tu cerebro. Tu cerebro también es físico. Y tu cerebro puede cambiar. Los neurocientíficos llaman a esa capacidad de cambio “plasticidad cerebral”.

Cambiar o mejorar tu carácter y personalidad es posible. No dejan de ser neuronas que están interconectadas de alguna manera. Sólo tienes que cambiar las conexiones.

¿Cómo?

Entrenando la mente, como entrenas tu cuerpo.

Haciendo gimnasia mental, igual que haces gimnasia física.

Repitiendo ejercicios mentales, del mismo modo que repites ejercicios físicos.

Comprometiéndote contigo mismo a entrenar tu mente todos los días, como cuando fijas tu horario para ir al gimnasio, salir a correr o nadar un rato en la piscina.

Observando como “se mueven” tus pensamientos y emociones, igual que te miras en el espejo para saber si haces bien una sentadilla o intentas percibir la tensión de tu transverso cuando haces abdominales.

Fuerza, velocidad, elasticidad, resistencia, potencia… Si quieres desarrollarlas, entrenas fuerza, velocidad, elasticidad, resistencia, potencia….

Atención, presencia, aceptación, compasión… Si quieres desarrollarlas, entrenas atención, presencia, aceptación, compasión…

Y sólo hay una vía, un entrenamiento.

Medita y mantente atento.

Y disfruta de las consecuencias.

¿Qué es la felicidad? (2) ¿Es un estado mental?

(Este post es la segunda parte de una serie de 5, por eso puede parecer incompleto. Antes, te invito a leer la primera parte)

¿La felicidad es un estado mental?

Sensaciones y emociones, placeres, alegrías, dolores y tristezas, han tenido un papel en nuestra evolución primordial para la supervivencia, pero han caducado, progresivamente, desde el dominio ecológico, conforme nuestras necesidades materiales básicas se han visto más que cubiertas. Hoy ya no es suficiente que nuestros cerebros reptiliano –el del placer– y límbico –el de la alegría– se sientan satisfechos. Necesitamos un nuevo motor para seguir evolucionando.

Una nueva insatisfacción ha surgido. Y lo ha hecho en otro lugar, en nuestra mente racional.

Insisto. Primero sólo percibíamos; de ahí las sensaciones. Algo después sentimos; cuestión de emociones. Ahora pensamos.

Entonces, ¿la felicidad es un estado mental?

Podríamos pensar que sí.

De hecho, al pensarlo, yo me observo feliz cuando se combinan tres condiciones. Primero, cuando mi mente está en paz, serena, tranquila; cuando nada perturba mis pensamientos y nada me inquieta. Segundo, cuando estoy centrado, totalmente inmerso en el momento presente y no en el ayer o en el mañana. Y tercero, cuando soy consciente y acepto que todo es como es, tal como es; cuando me siento razonablemente satisfecho.

Si falla una de estas condiciones, no soy feliz.

Por eso, desde la razón podría definir la felicidad como un estado mental de serenidad y satisfacción, en el momento presente, ante cualquier circunstancia.

Pues no. Ya he pasado por ahí y esa definición tampoco me vale, ya que pensar en la felicidad la convierte en un pensamiento en sí misma, susceptible a cómo mi razón interpreta la realidad, sujeta a las circunstancias de mi mente en ese momento, y no a la realidad verdadera.

La felicidad tampoco es un estado mental.

Si yo puedo, ¿tú puedes? ¡Bobadas!

Si yo puedo, tú puedes. Si tú puedes, yo puedo.

Permíteme dudarlo, por muy requetechula que suene la frase, por mucho que la enchufe en una foto mía escalando el Everest sin cuerda ni oxígeno, por mucho que le ponga de fondo la banda sonora de Braveheart, por muy bien que quede en todos esos vídeos ultramotivadores de Youtube, justo después de otras perlas pseudomotivadoras como “nunca te rindas” o “querer es poder”. ¿O era “poder es querer”? Siempre me hago un lío con estas cosas…

Da lo mismo. Que yo pueda no quiere decir que tú puedas. Que tú puedas no quiere decir que yo pueda.

Y aunque podríamos profundizar mucho sobre el tema, ésta es una de las grandes mentiras de los “cutre-intentos” de discurso de motivación que se pueden encontrar por ahí básicamente por tres motivos.

Primero, porque tú y yo somos personas totalmente diferentes, con unas circunstancias personales totalmente diferentes.

La cruda realidad es que no tenemos los mismos antecedentes, el mismo trabajo, la misma familia. Puede que todo lo que haya hecho hasta ahora pero que yo no te he explicado, queriendo o sin querer, me lo ponga mucho más fácil que a ti. Puede que sea multimillonario o que tenga bastante trabajando tres horas al día, sea por el motivo que sea, no como tú que trabajas ocho y en horario partido y te queda poco tiempo y energía al final del día. Puede que yo no tenga esa gran responsabilidad llamada “hijos”, y sepas mejor que yo de qué estoy hablando.

Segundo, porque tú y yo somos personas totalmente diferentes, con unas características –y tal vez limitaciones– personales totalmente diferentes.

Puede que mi carácter y personalidad me lo ponga mucho más fácil para hacer eso que a ti también te gustaría tanto hacer –o eso crees. Puede que mi joven edad sea una ventaja, y más contando con que pasas los cuarenta. Puede que mi salud sea de hierro, gracias a mis antecedentes o a mi genética –qué más da–, y en cambio tú ya estés hecho un cromo.

Y tercero, porque tú y yo somos personas totalmente diferentes, con unas motivaciones totalmente diferentes y, sobre todo, una predisposición para pagar ciertos peajes absolutamente diferentes.

Puede que yo esté dispuesto a no comer, dormir, quedar con los amigos, ver la televisión, salir de fiesta o lo que sea con tal de conseguir lo que quiero, y tú simplemente no quieres dejar de hacerlo –con todo el derecho del mundo. Puede que yo prefiera sacrificar ciertos placeres convencionales, y tú simplemente tengas otras prioridades.

Si yo puedo, ¿tú puedes? Si tú puedes, ¿yo puedo? Claro que no. Somos totalmente diferentes.

De todas formas, que yo pueda y tú no, o que tú puedas y yo no, no es lo más importante, y por tanto todas esas comparaciones absurdas que acabo de hacer no sirven para nada.

Porque la pregunta fundamental no es si tú puedes, ni tan sólo si tú quieres, sino honestamente… ¿por qué narices quieres copiarme, hacer lo que yo hago, ser como yo? ¿O por qué narices quiero copiarte, ser como tú?

¿No sería mejor que encontráramos y siguiéramos nuestro propio camino?

¿No valdría más la pena deshacernos de esa inútil y obsesiva admiración que sentimos por otros hasta tal punto de nublarnos la vista y vivir de sueños que tan siquiera son nuestros y que probablemente jamás podremos hacer realidad?

Una vez respondes todas esas preguntas desde la autenticidad y sin complejo de ningún tipo, si da la casualidad que pretendes hacer lo mismo o algo parecido a lo que yo he hecho, entonces no habrá nada que discutir.

Sólo entonces, a pesar de las circunstancias y características personales, si yo puedo, tú también podrás. Y si tú puedes, yo también podré.

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